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DE ARRANQUE NOMÁS.
Este material no pretende convertirse en libro. Aquel que lo interprete como tal se equivoca y feo... es una herramienta política y dado su destino, una herramienta militante como tantas otras que pueden haber.
Por lo tanto no cuida los estilos típicos de un libro. No se ubicarán citas, muy pocos nombres propios, se omite la bibliografía consultada y detalles de los entrevistados. Se saltea lo accesorio buscando guardar lugar para lo indispensable. Hace hincapié en cuestiones que parecerían menores pero pertenecen a nuestra propia historia y así una cantidad de cosas transgresoras de una publicación normal.
Los compañeros que nos tocó formar parte de la comisión de redacción agradecen a quienes colaboraron con esta segunda versión actualizada y ampliada en varios sentidos. Agradece la disposición y la paciencia a los "Viejos", veteranos militantes y algunos fundadores que nutrieron con su experiencia muchos de los párrafos de este documento. También un reconocimiento especial a quienes desde otros desempeños, hoy continúan en la Universidad y nos brindaron sus recuerdos y visión actual. Un gracias también a quien hoy tiene la función del archivo (algún día un futuro museo de la "CeGe") material documental y gráfico que nos ayudó en gran medida. Tampoco olvidar a los más expertos, que revisaron y peinaron los desastres de redacción introduciendo los cambios indispensables que lograron mitigar la agresión al idioma español.
El agradecimiento más necesario es para aquellos que en un plenario nos tiraron con la tarea. Al principio nos pareció una labor que nos iba a superar. Con el tiempo las reuniones cada vez más seguidas y más largas, los litros de mate y kilos de bizcochos consumidos e imposibles de contabilizar, los descansos disfrutados a puro truco, los almuerzos de fideos con salsas agresivas en los fines de semana con dinámica de retiro, las noches interminables desgrabando casetes, las discusiones seleccionando temas y descartando otros, la tarea fue tomando forma y con ella nuestro interés que se incrementaba por el sentido y contenido de este documento.
Por eso el reconocimiento más importante está dedicado a los compañeros de la CGU (de la "CeGe" como nos gusta decir) que nos preguntaban a cada rato en qué andaba el trabajo y que nos alentaron en forma permanente. A aquellos que en un plenario y sin pensarlo nos dieron la oportunidad de profundizar en nuestra propia identidad, en la historia reciente del movimiento estudiantil y fundamentalmente en poder tomar conciencia de que todavía estamos a tiempo y que se puede trasformar ENTRE TODOS, sin exclusiones, a la vieja universidad en una institución adecuada a las necesidades del país y a los requerimientos de nuestro pueblo.
Comisión de Redacción
INTRODUCCION - LA GENESIS DE LA
CGU.
Antes de que la ASCEEP (Asociación Social y Cultural de Estudiantes de la Enseñanza Pública) se fundara como tal, muchos eran los jóvenes que militaban en pos de conquistar las libertades en la lucha del pueblo uruguayo contra la dictadura militar.
Por esos años (1980 en adelante) fue evidente la presencia - aunque dispersa - de una cantidad de compañeros que participaron activamente en algunos de los hitos estudiantiles más importantes. La huelga en la Facultad de Veterinaria (única durante la intervención), la "Marcha de la Sonrisa" (en recuerdo a la aplastante victoria popular del NO) y el nacimiento de la Revista "Diálogo Universitario", son algunos ejemplos de la actitud comprometida de cientos de jóvenes que desafiaron épocas muy duras, frente a la campante represión.
Con el surgimiento como tal de la ASCEEP, en forma muy poco organizada y nada orgánica en sus inicios, un grupo de jóvenes sin vínculos partidarios orgánicos y que venían individualmente participando en diversos escenarios juveniles y estudiantiles de oposición a la dictadura, comienzan a marcar una actitud distinta, a expresar un pensamiento diferente a las tendencias tradicionales allí existentes. Buena parte de ellos emergían de las organizaciones político partidarias subsistentes (luego del plebiscito del año 1980), aunque sin contar con una estructura orgánica que los coordinara. Otros, participaban individualmente, sin referencias sectoriales o aún político partidarias, pero con una visión que comenzará a ser compartida sobre la realidad nacional y de la situación imperante en la Universidad y más importante, sobre el futuro de la principal Casa de Estudios una vez terminada la intervención.
La progresiva acumulación de experiencias militantes por la participación activa en los gremios estudiantiles, en ocasiones en condiciones de clandestinidad y la realización de la Primera Convención Nacional de Estudiantes (1983), fueron los catalizadores que dan nacimiento a lo que a la postre llamamos la Corriente Gremial Universitaria (previamente y por un corto período, el
MENRE, Movimiento Estudiantil Nacionalista Revolucionario).
Distribuidos por todos los ámbitos de la Universidad, esos grupos de compañeros fueron construyendo su propia visión, esquemas de interpretación y plataformas de reivindicación en la lucha que todo el pueblo uruguayo encaraba contra la dictadura. El pensamiento fundacional de la CGU no fue un súbito destello de teóricos, o un repentino despertar en las conciencias. Tampoco fue un diseño programático por generación
espontanea.
Su pensamiento medular se construyó a partir de la experiencia militante, traducida en acciones como la confección clandestina de volantes en improvisadas imprentas domésticas que debían cambiar de lugar permanentemente, las nocturnas pintadas de consignas en los muros de la ciudad, la realización de volanteadas convocando a movilizaciones y "cacerolazos", la organización de eventos populares de expresión cultural, la participación activa en las murgas universitarias, la dirección en los ámbitos de organización estudiantil, las asambleas, grupos y comisiones. Estas actividades y muchas otras que caracterizaron una época de fervor libertario, constituyeron las herramientas del aprendizaje militante, creando las condiciones individuales y grupales, para generar un proceso ideológico extremadamente
fermental.
Fermental puesto que se alimentaba de la reflexión permanente ante los acontecimientos del país, mientras que en forma simultánea, la participación militante nutría de nuevas experiencias y capacitación ideológica para aquellos que tomaban parte de las acciones directas contra el régimen. Al momento de su nacimiento, la CGU reunió jóvenes estudiantes universitarios que provenían tanto de la incipiente ASCEEP como de otras organizaciones sociales (Foro Juvenil o
FUCVAM), de la iglesia (Pastoral Juvenil), barriales (ollas populares), culturales (desde el pionero "Canto para que estés" de la ACJ de Montevideo a los progresivos y masivos "canto populares"), y porqué no, deportivas (la gestación del famoso "Malestar Universitario" y sus campeonatos relámpago).
Todos y cada uno de los espacios posibles (y aún los que no eran permitidos) fueron poblándose de jóvenes comprometidos con el ideal de libertad y democracia; núcleos y organizaciones de participación que, poco a poco, fueron nutriendo a la generación fundacional de la
CGU. El año 1983 es un período capital en la consolidación de la Corriente. Las acciones emprendidas en apoyo a la convocatoria del 1º de Mayo, la organización y participación directa en la Semana de la Primavera y la recordada Marcha y acto final en el Estadio Franzini o la "paliza" recibida por la represión en la marcha del 9 de noviembre, fueron los principales hitos que "cerraron filas" tras una idea germinal de universidad para y por el país.
En tanto las acciones militantes se iban reproduciendo (por ejemplo, las reuniones secretas en la estación Mario Cassinoni y la colaboración para la gestación de la FES (Federación de Estudiantes de Secundaria) en la vecina Paysandú, los campamentos en el Valizas y en Cabo Polonio, las juntadas de firmas contra el examen de ingreso, la contribución al nacimiento de las Revistas en los distintos centros universitarios, la famosa volanteada desde los pisos superiores del Clínicas, etc.), también fueron haciendo crecer y madurar una particular forma de interpretar los fenómenos sociales, que latía distinto a las demás visiones ideológicas imperantes.
Con el paso del tiempo y a la distancia, los medios y herramientas utilizadas en la lucha por reconquistar la democracia hoy pueden parecer ridículos. Sin embargo, fueron aptos para la época o simplemente se utilizaron porque no existían otras alternativas. La característica general estaba constituida por la originalidad, la alegría, lo súbito (para evitar medidas de represión), la solidaridad y la fraternidad entre jóvenes que venían de distintas corrientes políticas o ideológicas. Todos teníamos por delante un enemigo común, antidemocrático y por tanto, anti nacional. Bien lo expresa el Prólogo del libro Memoria de la Semana del 83 "El estado se transformó en terrorista y el miedo se adueño de todos nosotros. Y del miedo renació la solidaridad y de la solidaridad el pensar compartido y del pensar compartido el hacer juntos".
Con el paso de los acontecimientos la participación cotidiana fue haciendo notoria las diferencias profundas con otras tendencias y sectores estudiantiles, a la vez de producir una progresiva toma de conciencia en nuestras interpretaciones sobre la realidad. La identificación de estas crecientes divergencias fue el campo fértil para la búsqueda de nuevas alternativas a los problemas planteados, circunstancia que contribuyó a sintetizar el pensamiento fundacional de la
CGU.
Todo este proceso histórico ha sido de constante aprendizaje y acumulación de experiencias militantes. Las crónicas que hoy día podrían narrarse, están compuestas por la presencia permanente de los compañeros de CGU en todos los ámbitos universitarios y en cada uno de los hechos relevantes que han acontecido en el país, y más precisamente en el movimiento estudiantil universitario de las últimas dos décadas.
La intervención en la Universidad comenzó formalmente por decreto el domingo 28 de octubre de 1973 utilizándose como pretexto un nunca aclarado episodio del estallido de una bomba en la Facultad de Ingeniería (justamente el día en que esa Facultad se encontraba rodeada y en medio de un fuerte dispositivo militar). Pero esa no fue la razón, sino la justificación de la intervención. La dictadura no se animó a intervenirla desde el golpe de estado (junio del 73). La actitud activa y opositora a la ruptura institucional y a la falta de libertades, sumado al resultado surgido de las elecciones universitarias (del 12/09/73, donde las opciones contrarias a la dictadura obtuvieron una aplastante victoria) constituyeron los determinantes reales que implantaron un régimen dedicado a la destrucción de nuestra cultura, el desmantelamiento de todo impulso científico, la implantación de la persecución y el abandono de las más ricas tradiciones universitarias y nacionales. No por casualidad fue el daño producido; los universitarios en conjunto asumieron el legado histórico en pos de la democracia y la libertad. Cuatro décadas antes, el Decano de la Facultad de Derecho Emilio Furgón y ante el golpe de
Terra, expresaba en la publicación El Estudiante Libre: "… las dictaduras son efímeras aunque duren cien años, porque gobiernan a título precario pensando constantemente en el momento de marcharse".
La obra de la dictadura en la universidad fue descomunal en su esfuerzo irracional y tremenda en sus resultados. Cierre de varios servicios y departamentos. Encarcelamiento de autoridades universitarias y la persecución política a los miembros del Consejo Directivo Central. La destitución de profesores y de personal no docente. Implantación del Certificado de Fe Democrática (Decreto 351/974 - Artículo 1º -
"Declárase que la carencia de notoria filiación democrática de los funcionarios docentes, técnicos, administrativos, de servicios u otros dependientes de la Universidad de la República, constituye causal de destitución por ineptitud"). Desmantelamiento de núcleos de investigación y de varias bibliotecas. Obligación de suscribir compromiso de sumisión para ingresar a la Universidad (Circular Nº 50 del año 1976 emitida por el Rectorado: "El que suscribe (va el nombre) se obliga, compromete y jura bajo su honor al ingresar a la Universidad a: ... 2) No realizar, participar o promover reuniones, actos, asambleas o manifestaciones de carácter político, gremial o religioso dentro de los predios, edificios y aulas universitarias"). Modificaciones de corte ideológico en planes de estudio hasta ese entonces vigentes. La obligación de asistir a actos públicos (Año de la
Orientalidad) bajo pena de perder la calidad de estudiantes. Estas acciones y decenas de otras por el estilo fueron ideadas y llevadas a cabo por civiles corruptos aliados al golpe fascista (los
Narancio, Anselmi, Bolentini, Nicolich, Fernández, etc.).
Desde los inicios se nos identificó como un grupo independiente y de gran libertad de acción. Nuestra postura contraria a que la ASCEEP - FEUU tomara parte activa entre las delegaciones que acompañaron en el barco a Wilson Ferreira Aldunate (al retorno de su exilio), marcó la impronta a unos estudiantes universitarios capaces de sostener sus más profundas convicciones sin claudicar por intereses sectoriales o partidarios. En el mismo sentido, las visiones expuestas en ocasión de la CONAPRO (Comisión Nacional de Concertación Programática) demostraron una total independencia de criterio sobre cualquier otro partido o sector político, auto generando nuestras posiciones y posturas en procesos internos de discusión y reflexión política.
La actitud de denuncia frente a la traición al Juramento del Obelisco que significó la aceptación al Pacto del Club Naval (acordado un día antes de primer paro general contra la dictadura), la actuación prevalente que nos tocó asumir en el diseño de políticas universitarias para el interior del país (evento en Tacuarembó denominado "Encuentro con el Interior" en agosto de 1985) y la actitud resuelta para el retiro de la Federación de Estudiantes, son algunos hechos concluyentes y demostrativos de que la adopción de nuestras propias posiciones representan la suma de voluntades del conjunto de compañeros militantes de la Corriente, sin hacer "mandados" para nadie, ni seguir obsecuentemente a ningún sector político partidario.
Esta cualidad ha sido una de las pautas caracterizadoras de la CGU a través de todos estos años y a la vez, la causa que explica la presencia y el apoyo de muchos estudiantes sin definición partidaria o aún con ella, donde encuentran un espacio con capacidad real de generar y de auto diseñar las respuestas que la voluntad colectiva quiera darse.
Expresado de otra forma. La CGU se fundó y continúa nutriéndose con jóvenes que se vinculan por una identificación con la forma de interpretar y proyectar la visión del país y de la universidad. Esto tanto admite o incluye a estudiantes de variada filiación político partidaria o incluso sin ella, mientras que a su vez excluye a quienes, contrariando sus principios, recurren a procedimientos dogmáticos para analizar la realidad nacional o pretenden utilizar las distintas formas de participación estudiantil en provecho de intereses personales o sectoriales.
La CGU nace como respuesta a las visiones reduccionistas de dos grandes tendencias imperantes a comienzos de la década de los años 80. Por un lado, la tesis restauradora, que sostenía la necesidad de recrear la vieja universidad pre intervención. Por otro, las posturas que sostenían una negativa a ese modelo que había desembocado en la "universidad isla", separada de la sociedad, pero que en definitiva proponía un modelo por reacción y simplemente reformista. La Corriente nace con una visión renovadora, modernizadora y hasta revolucionaria para su tiempo, como se verá más adelante, que aparte de errores o defectos, tiene el inmenso valor de haber sido concebida entre los estudiantes y diseñada a partir de largas sesiones de comisiones y plenarios de sus propios militantes.
Este documento tiene la finalidad de rescatar y actualizar las bases ideológicas fundacionales de la
CGU, hoy 22 años después de su nacimiento orgánico. Cualquier estudiante podrá someter a su análisis, la vigencia de los principios, identificar los viejos y nuevos problemas del país y de su Universidad y a la vez, reflexionar sobre las soluciones y el futuro posible que nos depara.
CAPITULO 1 - EL CONTEXTO DONDE SE INSERTA LA UNIVERSIDAD.
Nuestro país sufre una fuerte crisis, a partir del agotamiento del modelo de Estado paternalista, instaurado fundamentalmente desde la primera mitad del Siglo XX. La continuidad en esta situación ha llegado a cuestionar su viabilidad como nación independiente o en otros casos más grave, ha sido factor de contribución fundamental en la ruptura democrática como la producida en la década de los años 70.
Los grupos sociales con mayor poder fueron implementando un Estado liberal, que a partir de un rol fuertemente portuario y centralizador (como herramienta política de un gobierno), establecieron un sistema de distribución de la riqueza que por mucho tiempo permeó todas las capas de una sociedad muy abierta, en razón de sucesivas inmigraciones llegadas a nuestras costas.
Hay que entender que tal estado de situación no obedeció ni ha tenido mérito en razones altruistas, de simple justicia o de equidad social. En la mayor parte de los casos responde a un no declarado "equilibrio social", fruto de la existencia de recursos provenientes del comercio, divisas exteriores que alimentaban las arcas del tesoro nacional. Mediante una "paz pública" no declarada (o eventuales conflictos de baja intensidad que algunos sindicatos llevaron a los hechos), se lograba no detener las principales industrias de exportación y con ello, continuar con el ingreso de divisas. Desde un punto de vista geopolítico, las circunstancias favorecieron el tránsito desde "una provincia colonial" a un modelo "neo colonial", fundado en influencias positivistas liberales exportadas desde Europa, creando las condiciones para la consolidación definitiva del sistema capitalista en el Uruguay.
Tal como se sostenía en 1973: "Ya no se conciben el subdesarrollo y el desarrollo como etapas históricas en el camino de la formación capitalista, destinadas a terminar en la "sociedad de consumo" como ideal aberrante de organización social. Son, en cambio, desde el siglo XVIII componentes simultáneos del sistema capitalista, en el cual inter actúan necesariamente, cumpliendo destinos diferentes, vinculados por fuertes lazos de dependencia, a través de los cuales se ejercen los fenómenos de dominación". En igual sentido, Quijano señalaba: "El subdesarrollo no es la antesala del desarrollo; es el reverso del desarrollo ajeno".
Las naciones poderosas debían colocar sus inmensos excedentes (tanto en mercancías como en capitales) dado que sus propios mercados internos no eran capaces de absorberlo. La primera fase expansiva de las naciones poderosas, la constituyó el colonialismo y con el tiempo y la introducción en los países periféricos de los sistemas capitalistas, ello derivó en la segunda fase: el neocolonialismo. Muy simplificadamente, las metrópolis tomaban materias primas que alimentaran sus cadenas productivas y volvían a colocar esos productos en sus propias regiones de influencia.
Nuestro modelo estatal procuró abrir oportunidades a la mayoría de la población. Existía una progresiva necesidad de contar con mano de obra para desarrollar y ampliar esos procesos productivos, aunado al requisito indispensable de un entendimiento con las organizaciones obreras, para no detener el ciclo en el ingreso de divisas provenientes del comercio exterior (comercio que proveía a las naciones europeas fundamentalmente, de artículos imprescindibles en el marco de salvajes conflictos bélicos de sometimiento entre distintas culturas).
El sistema funcionó a la perfección mientras factores externos determinaban altos precios de los productos y una demanda exterior sostenida de esos bienes. La acumulación de capital producida finalmente no derivó en una re - inversión en nuevos sectores productivos o en industrias "pesadas" o en cadenas con alto contenido de valor agregado. En el mejor de los casos, aquellos inversores y dueños de los medios de producción dirigieron sus ganancias a ampliar más aún la actividad que les generaba su renta o simplemente, en artículos suntuarios y elementos de consumo doméstico, elevando su nivel de vida.
Veremos más adelante que el modelo se quiebra finalmente en la década de los años 50, sin perjuicio de expresar aquí que el sistema inicia su agotamiento en la década de 1930. Es por ese entonces donde comienza a ser patente el desacierto de la estructura de tenencia, explotación y tamaño de los predios rurales, con un carácter anti social y eminentemente ineficaz desde el punto de vista productivo. El sector primario comienza entonces a estancarse, situación que no se agravará más mientras algunas condiciones internacionales soslayen la regresiva redistribución del ingreso nacional.
Por otro, el Estado cumplió el rol distribuidor y asegurador de esa paz social, en procura de garantizar la transformación del trabajo cotidiano, en nuevas y mayores rentas para los inversores. La aplicación de políticas públicas que abrían espacios a la mayoría de la población en el sistema de salud pública, a la educación oficial, en el fácil acceso a la propia educación universitaria, el progresivo montaje del sistema previsional, apenas son algunos de los ejemplos de tal transacción o "pacto social" nunca manifiesto, por el cual el Estado se constituyó en la principal herramienta.
El Uruguay de principios del Siglo XX no podía fundarse en un Estado opresor que dirigiera dominantemente a una sociedad obrera (como sí sucedió con otras naciones latinoamericanas). Entre algunas de las razones más fuertes, estaban muy presentes los levantamientos de fines del siglo XIX y de 1904.
La crisis a la que hacíamos mención se profundiza - en nuestros días - con los cambios y tendencias mundiales, producto de la globalización; la que por naturaleza no significa que sea mala o negativa para los pueblos, pero su implantación de a poco demuestra ser una herramienta más del dominio de las naciones poderosas sobre aquellas que denominamos como del "Tercer Mundo".
La organización mundial ha ido conformando un sistema de pocos países ricos, a la vez de múltiples países y pueblos en situación de pobreza y explotación, a la que caracterizamos como de dependencia. No es posible que en un continente haya que pagar a los campesinos para arrancar los cultivos y evitar así el exceso de producción, mientras que en otro no lejano, hayan pueblos enteros que padecen hambre. Las naciones más desarrolladas defienden la liberación del comercio, en tanto, son ellos mismos los que aplican las más fuertes medidas proteccionistas. Mientras tanto, los dos tipos de comercio más próspero son la venta de drogas y de armamentos.
El 86 % de los gastos en consumo personal se concentra en el 20 % de la población mundial. El consumo medio de proteínas en Francia es de 115 gramos por día, mientras en Mozambique alcanza los 32 gramos. En los Estados Unidos cada mil pobladores, 600 tienen teléfono, mientras que en Afganistán hay un teléfono cada mil habitantes. El quinto más rico de la población mundial tiene un consumo aproximado al 84 % de todo el papel, mientras el quinto más pobre, consume el 1,1 % del total (Informe de Desarrollo Humano - 1998). Y así podríamos seguir enumerando, ejemplo tras ejemplo, de las asimetrías crecientes entre ricos y pobres y el agravamiento constante de las desigualdades en el mundo.
La situación de dependencia, en los hechos, puede objetivarse de varias formas. Difícilmente puede encontrarse formas puras de dominación (la cultura mundial imperante no tolera fácilmente prácticas como las aplicadas en su tiempo por el imperio británico en la India o la soviética en Afganistán). Las formas de dominación no son un producto enteramente extranjero; si bien siempre son sus últimos beneficiarios en una cadena de grandes intereses en las naciones centrales. Sin embargo, requieren en sus zonas de dominación, sectores que los representen y defiendan sus intereses. Como veremos a lo largo de este documento, las formas de dominación pueden manifestarse tanto por medios militares, económicos, tecnológicos, institucionales, diplomáticos, etc. En particular, en el siguiente capítulo, abordaremos más detenidamente el fenómeno de la dependencia cultural.
El Uruguay procura encontrar formas alternativas al agotamiento estructural de un modelo que ha dejado de funcionar hace bastante tiempo. Como se ha dicho, mientras el mismo tuvo vigencia, significó para los distintos sectores sociales, altos niveles de vida, basado en la distribución de una formidable, aunque coyuntural, renta agropecuaria. Mientras nuestro país recibía una gran corriente migratoria, proveniente de regiones mundiales azotadas por el hambre y la guerra, la comunidad se constituyó en una isla de liberalismo y acuerdo social, en un continente signado por la pobreza, los alzamientos sociales contra la injusticia social, la persecución a los indígenas y constantes y sucesivos gobiernos militares. La apertura hacia los inmigrantes fundamentalmente europeos, la absorción continua de mano de obra para los procesos productivos, la distribución de la renta (sin ser necesariamente justa), que brindaba oportunidades reales de mejora, eran elementos favorecedores a los intereses exportadores de nuestro país, en su mayoría en manos de los extranjeros.
A partir de la década del cincuenta comienzan a desaparecer las condiciones externas que tanto beneficiaban a Uruguay. Los términos de intercambio comercial, los precios de las materias primas (básicamente carnes y lana) inician un período de declive. A la culminación de la Guerra de Corea, los países industrializados salen de forma agresiva a competir por nuevos mercados, situación que hasta ese momento no podían atender. Desciende abruptamente el volumen del comercio con los mercados tradicionales y en consecuencia, la renta y el tesoro nacional disminuyen de forma importante. Ya no hay tanto para repartir entre muchos y el modelo empieza a mostrar sus principales debilidades. Con ello, comienzan a aparecer elementos en nuestra vida social poco conocidos: crisis económica, inflación incontenible, devaluación de la moneda, desocupación, pobreza, movilización sindical (en 1955 se produce la primer marcha de peones arroceros de Treinta y Tres y en 1962 la primer marcha cañera de la UTAA), radicalización y su consiguiente reacción represiva que culminó gestando una mesiánica guerrilla y por otro lado, la aparición de la tortura y los escuadrones de la muerte.
Hay una coincidencia significativa. Los estudios de la CIDE (Comisión de Inversiones y Desarrollo Económico) señalan al año 1955 como el momento de inicio del declive económico. Por esa misma época, en la Unión Soviética se impone la tesis (alentada por Kruschev) sobre la "coexistencia pacífica" entre las dos potencias mundiales, lo que reduce al mínimo los conflictos bélicos tradicionales (comenzando lo que se llamó la "guerra fría"). Una de las consecuencias de este cambio en el escenario mundial es que permitió emerger una nueva economía, de alta agresividad y competencia, alentada por grandes consorcios y compañías transnacionales en la búsqueda de mayores beneficios. Como consecuencia de ello, la capacidad exportadora de la economía uruguaya se vio afectada directamente, y como efecto dominó, las demás áreas (financiera, monetaria, cambiaria, etc.) comenzaron a dar señales negativas.
Algunos interpretan esta situación de crisis como la ruptura entre el sistema montado sobre el modelo "colonial" hacia la inserción del país en el mundo "capitalista". Si bien la idea no deja de ser de utilidad para nuestras interpretaciones, los marxistas han recurrido a esta óptica para explicar globalmente el fenómeno de la aparición del subdesarrollo en América Latina (agotamiento de los sistemas monoproductores sobre artículos que convenían económicamente a las metrópolis, etc.). Sin embargo el dogmatismo de las visiones materialistas no alcanzan a dar fundamento a la formación social y el estado de desarrollo alcanzado por la sociedad uruguaya hasta la década de los años 60, en comparación con el resto de la región. Las conquistas sociales e institucionales alcanzadas por nuestra sociedad a través de la primera mitad del Siglo XX, contribuyeron a crear un progresivo sistema estatal de beneficios sociales (salud, educación, previsión social, régimen laboral, derechos de la mujer y los niños, etc.), que distinguió al Uruguay de otros países de la región.
No puede recurrirse al camino fácil de explicar que la crisis - producto del agotamiento del modelo - respondió en exclusiva, a factores económicos. El proceso que vive Uruguay desde finales de la década de los 50, pasando por la dictadura y la reinstitucionalización hasta nuestros días, es la suma y continuidad de causas y consecuencias, una cadena de hechos y resultados, una lista larga de acontecimientos sociales y políticos, que hace muy difícil realizar aquí un estudio pormenorizado de cada uno de ellos.
En forma simultánea a la crisis económica, sobreviven como elementos determinantes, una crisis ideológica y otra de representatividad. La primera se manifiesta como consecuencia a la escasa respuesta dada al agotamiento del modelo social. La quiebra del modelo que imperaba trajo al tapete la discusión sobre qué caminos adoptar y tales respuestas, tan esperadas, no surgieron como alternativas claras sobre las que edificar un nuevo modelo de sociedad. El sistema no fue capaz para generar una respuesta que convocara a las mayorías nacionales. Más bien, las ideas fueron escasas y magras. Ha sido patente la creencia de que el modelo batllista era sinónimo de forma única y correcta de organización de la sociedad, sin posibilidades de otras y nuevas variantes. También, esta visión estrecha, se ha visto abonada por una extranjerización cultural muy pronunciada, fruto de que las clases más beneficiadas de nuestra sociedad vivieron durante muchas décadas mirando y admirando las bonanzas de la cultura europea. Es frecuente ver los "enceguecidos" por tales culturas diferentes; aquellos que propugnan modelos simétricos copiando realidades de naciones totalmente distintas a la nuestra, inaplicables - de cualquier forma - desde su inicio.
La sociedad uruguaya había ido construyendo un modelo liberal (en el sentido de ser opuesto a un sistema de poder absoluto, que limitaba o ponía frenos a las funciones de un gran Estado, aglutinador de múltiples actividades y sobre todo, benefactor en la medida que tenía los recursos para hacerlo). Una sociedad abierta donde la primacía del Estado de Derecho era la forma que la comunidad había encontrado para brindar amplias garantías a las libertades (de pensamiento, expresión, reunión, asociación, etc.) y con ello, una importante cuota de oportunidades de mejora, ascenso social y elevación en el nivel de vida de sus miembros. Sin embargo, fundamentalmente en la segunda mitad de la década de los años 60, el deterioro de dichas condiciones se fue haciendo patente, amplificado por un gobierno sordo a los emergentes reclamos sociales que debió recurrir permanentemente a la clausura de los medios de prensa y a sucesivos decretos de Medidas Prontas de Seguridad.
El otro aspecto es la crisis de representatividad. En cuanto a ello, podemos hablar de dos momentos distintos, pero con efectos bastante similares. La primera de ellas, que comienza a gestarse sobre fines de los años 60 y comienzos de los 70, surgen allí los primeros proyectos políticos de transformaciones estructurales del país. Para algunos, ello era la respuesta que el país esperaba, pero la mayor parte de las alternativas planteadas fueron diluyéndose ante la aparición de modelos que utilizaban la vía armada como base para la toma del poder y la construcción de un modelo social nuevo. Tales alternativas, con notoria influencia de la Revolución Cubana y las teorías del vanguardismo creador de condiciones objetivas y subjetivas para el acceso al poder popular, generaron una dinámica de acción guerrillera (urbana) y su represión militar, o se transfirieron al campo de las organizaciones obreras y estudiantiles (luchas internas por el poder y control de gremios y sindicatos), abonadas en un clima de creciente descontento popular. La espiral violentista, fundamentalmente de radicales de izquierda y del pachequismo, alimentada desde ambos extremos, alejaron a la sociedad uruguaya de la posibilidad de discusión de los proyectos de alternativas que habían sido elaborados. En tanto la radicalización creció desde ambos polos, la universidad comenzó a recibir los primeros ataques allá por el 60 protagonizados por el MEDL (Movimiento Estudiantil para la Defensa de la Libertad) al que con el tiempo le seguirán otras tristes bandas como la JUP (Juventud Uruguaya de Pié) y el grupo fascista EL TERO.
En el ámbito estudiantil también se sufrió esta crisis de representatividad. Comienza a operarse desde el momento de quiebre de sus principales reivindicaciones. En la década de los 60, los estudiantes desplazaron sus plataformas hacia la transformación nacional, política y social pasando a un plano muy secundario las reivindicaciones de los centros y la atención a los problemas educativos. La dialéctica de la violencia concretada en la primacía de la acción directa procurando iniciar un proceso insurreccional y la reacción contraria del otro lado manifestada en detenciones ilegales, apaleamiento de estudiantes, torturas, muertes con la participación de escuadrones que invadían salvajemente los centros educativos, fue la tónica que lograron imprimir quienes falsamente se los ubica en bandos contrarios. En realidad, unos favorecieron a otros, en perjuicio de las mayorías nacionales.
Nadie puede sostener que el movimiento estudiantil carezca de una tradición poco comprometida con los debates ideológicos. Aún antes del nacimiento de la FEUU (con el "Pacto Federal" de abril del 29), el Centro Ariel liderado por Quijano o el Grupo "Avanzar" de Grauert eran núcleos inspiradores para los debates sociales más importantes. Más adelante el predominio en la FEUU del Tercerismo (con raíces en intelectuales no marxistas del siglo 19), con su prédica y denuncia contra el imperialismo yanqui y de la Unión Soviética, comienza a primar la idea de un cambio social radical aunque salvo la excepción de grupos de anarquistas, los métodos no eran violentos. A comienzos de los 60, la primacía de los "Unitarios" (unión de socialistas y comunistas principalmente) que mantiene su denuncia anti imperialista pero alineada a la revolución cubana y con fuerte adhesión al socialismo revolucionario. La historia y evolución del movimiento estudiantil es una crónica del debate ideológico en el Uruguay.
Más adelante la organización estudiantil universitaria derivó en una herramienta al servicio de intereses muy sectoriales y de algunos grupos políticos, formando parte de sus respectivas estrategias, sirviéndose de las estructuras gremiales fundamentalmente para el reclutamiento de militantes y preparación de cuadros para la acción política. Comienza así un largo proceso de divisiones y enfrentamientos internos donde el conflicto se irá polarizando entre comunistas (siempre proclives a la moderación sindical debido a su capacidad pactista) y otros grupos menores más radicales. Los primeros sostenían que la universidad no debía convertirse de inmediato en un instrumento del Partido (a largo plazo naturalmente que sí), puesto que ello acarreaba el peligro de la reacción en una sociedad eminentemente capitalista. Se generan tremendas contradicciones en la interna del movimiento estudiantil, enfrentando a la Unión de Juventudes Comunistas (UJC) que pretendió que las movilizaciones siempre quedaran bajo su control con emergentes organizaciones como el MUSP (Movimiento de Unificación Socialista y Proletario), las Agrupaciones Rojas del MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria), el Frente Estudiantil Revolucionario (expresión gremial de los jóvenes del Movimiento Revolucionario Oriental) y otras muchas de efímera existencia.
A tal punto alcanzó la partidización de los grupos estudiantiles que ante el golpe de estado de junio del 73 y la consiguiente respuesta popular de huelga nacional, la FEUU tuvo dos decisiones. Una, la del Comité Ejecutivo (con mayoría comunista) que apoyó el levantamiento de la huelga (entreguista tesis del "repliegue táctico") en coordinación con la Central Nacional de Trabajadores (CNT, cuya Mesa Representativa Nacional también contaba con mayoría comunista) y la otra, la del Consejo Federal, que criticó la postura de la dirección y la de la central sindical. Pese a la claudicación y marcha atrás en el levantamiento de la huelga general, producto del análisis estratégico del Partido Comunista, a los pocos meses se producirá la primera derrota a la dictadura militar. Es el primer NO (aún antes del Plebiscito ocurrido en el año 1980). En setiembre de 1973, mediante voto secreto, obligatorio y controlado por la Corte Electoral, todas las opciones opuestas a la dictadura, en los tres ordenes universitarios, obtienen una rotunda y contundente victoria.
Los dos principales sectores "anti sistema" de aquella época, tupamaros y golpistas, tuvieron una actitud de espera frente a las elecciones del año 1971 (denominada "tregua"). Con el triunfo de la opción más conservadora se concreta la derrota de los intentos de cambio, rompiéndose la tregua acordada y recomenzando a actuar cada uno de los bandos enfrentados. Así como en el campo de lo militar se desarrollaba una contienda salvaje, también en el ámbito del poder existió una fuerte lucha. Los vencedores fueron los sectores más conservadores.
Por aquel entonces, la gran victoria lograda por los sectores poderosos de la sociedad no fue su alianza con los militares y la destrucción de la insurgencia guerrillera, de corta vida debido al nulo crecimiento en el ámbito popular, sino el lograr desplazar los ejes discursivos ideológicos nacionales. Parapetados tras los grandes medios de comunicación, la consigna social fundamental derivó en la siguiente alternativa: "la revolución guerrillera marxista o el país liberal de nuestros antecesores". Lograron imponer esta alternativa como una encrucijada social, mientras los reales proyectos de país, el wilsonista y el comunista, fueron desplazados del polo de análisis.
El modelo social tenía ya sus días contados a fines de los 60. Emergían cada vez con mayor claridad dos proyectos distintos y alternativos. El gestado desde la izquierda tradicional, liderada por la fuerza del FIDeL y el de los sectores independientes del Partido Nacional, liderados por Wilson Ferreira Aldunate. Este último, recogía los análisis y estudios de diagnóstico resultantes de la CIDE (1964), constituyendo un programa realmente renovador en lo político y con una voluntad explícita por cambios estructurales en el país. Sus propuestas desembocarán programáticamente en "Nuestro Compromiso con Usted" (1971) incorporando reivindicaciones que imponían romper con los viejos moldes oligárquicos en sectores como el comercio exterior, el agro y la banca.
En un primer momento quedan delineadas cuatro alternativas. El continuismo batllista fuertemente estatista y liberal, la estrategia foquista de los tupamaros y otros grupos menores, el comunismo con su inicial moderación y posterior radicalización novelera debido a la pérdida de sustento social y el nacionalismo producto de la modernización operada por los sectores progresistas desde el wilsonismo.
Al desplazar el eje de discusión desde estos proyectos hacia la alternativa "MLN - Tupamaros/marxismo" o el país liberal, de las "vacas gordas", el del progreso de nuestros abuelos, se procuró consolidar la segunda opción, brindándole nueva y artificial vigencia como un camino viable ante la salida planteada por los tupamaros. Su delirante estrategia, eminentemente elitista y de espaldas a lo popular, está dramáticamente expuesta en las obras de Regis Debray (dudoso teórico que deslumbró a muchos por su condición de integrante del entorno intelectual francés), donde traduce un claro desprecio por el indio analfabeto americano y los trabajadores de las minas en nuestro continente (incluyendo, el movimiento nacionalista boliviano). Aunque la solidaridad era practicada entre aquellos que optaron por la vía revolucionaria, fundamentalmente militantes de base, sus respectivas dirigencias mantuvieron una cerrada lucha interna fruto de inmensas diferencias estratégicas y tácticas concretadas en conflictos como la lucha de masas o la guerrilla, disyuntivas como la actividad electoral o acción directa y opciones entre el frente de masas, la vía insurreccional y el foquismo. Hay que cuidarse de caer en el lirismo revolucionario fruto del olvido y de andarle quitando la memoria a la historia. Por aquel entonces las luchas en ámbitos sociales enfrentaban a los militantes por cuestionamientos rotundos al Partido Comunista como por ejemplo la condena que hacía a los métodos de lucha obrero - estudiantil, su práctica de moderación sindical y el apoyo a la política imperialista soviética.
En definitiva. La principal victoria de los sectores más conservadores y el inicio de un rotundo fracaso para los "foquistas" alentados por la Organización Latinoamericana de Solidaridad - OLAS, fue plantear el enfrentamiento sobre la polarización proletariado - burguesía, que de manera simplificada derivaba en las opciones marxismo - liberalismo. Esto fue interpretado correctamente por las minorías privilegiadas del país, utilizándolo en provecho propio y restándole apoyo popular a quienes luchaban por imponer un sistema mediante la lucha armada. La paradoja es que los mismos de ese entonces, actualmente expresan el deseo de un buen funcionamiento del capitalismo.
El Siglo XX en América Latina se caracteriza por la constante del subdesarrollo y la progresiva agudización de la dependencia. Algunos alzamientos populares, basados principalmente en la falsa oposición "capitalismo - marxismo", han hecho retroceder los intentos autóctonos y de vocación latinoamericanistas. El descontento social, emergente de estructuras que aceptan gradualmente una muy pronunciada desigualdad e injusticia entre sus pares, fue aprovechado para la internacionalización de los conflictos. No fue casualidad que Uruguay, con una larga tradición democrática, sufriera de una dictadura en el mismo período en que casi la mayoría de las naciones latinoamericanas, atravesaran por idéntica situación.
El período de recambios institucionales sucedió a las agotadas dictaduras militares, incapaces de surtir como buenas administradoras locales de los países centrales. Las inmensas deuda pública externas generadas en el período dictatorial, requerían ahora de "buenos gerentes" que procedieran a su pago. Sin embargo, los golpistas cumplieron con su cometido, garantizando la estabilidad del "patio trasero" de los Estados Unidos mientras enfrentaba situaciones como la Guerra Fría, el embate económico del Japón, los emergentes comerciales mundiales del área del Pacífico o la organización del bloque europeo. Así, se nos ha asignado un rol como país "en vías de desarrollo": mano de obra barata y producción principalmente de materias primas. La dependencia se agudiza y la desigualdad entre naciones crece. Las condiciones determinan una transferencia de recursos inmensa desde los pueblos más pobres hacia los más ricos y la consolidación cada vez mayor de los Estados Unidos como país "regente" de un nuevo orden mundial.
En la actualidad, enfrentamos la segunda fase o etapa, de la crisis de representatividad. No es un fenómeno de causa única, pero hay que referirse a dos de ellas. En primer término, la desvalorización y la creciente falta de credibilidad de la sociedad respecto a los políticos. Los motivos son diversos y públicos: falta de capacidad para la representación democrática de los electores, hechos de corrupción, situaciones que cuestionan éticamente la dignidad en el desempeño de los cargos, excesiva valoración en términos de costos políticos individuales en desdeño de los intereses nacionales, notoria incapacidad en materia de entendimientos y proyectos a largo plazo, asignación de cargos de función pública en premio o mérito a la contribución partidaria, el "clientelismo" político, etc.
También existen otras circunstancias peligrosas. Esta desvalorización se ha visto acompañada de un sentimiento social de pérdida en la confianza de que el sistema democrático pueda ser la herramienta eficaz en procura del bienestar general. El parlamento y el sistema de representación basado en los partidos políticos constituyen las expresiones mediáticas más recurrentes y por lo tanto, son aquellas que están sujetas a sufrir mayores deterioros. El imaginario colectivo suele caer en el error de identificar en el sistema democrático y en sus actores, a los responsables exclusivos de sus problemas.
El segundo aspecto que abona este deterioro en materia de representatividad, lo constituye un fenómeno social nuevo en el Uruguay: la exclusión. En forma creciente y cada año en mayor número, hay sectores de la población que quedan marginadas totalmente del entramado y la forma de organización de la sociedad, sin capacidad de acceder a los medios o vehículos que ésta misma prevé como formas o herramientas de reinserción en ella. Los miembros integrantes de estos sectores desplazados de y por la sociedad, difícilmente aceptan otros representantes que los emergentes de su propio medio y cultura, construyendo una "sociedad" paralela que progresivamente corta sus lazos de comunicación e integración. La situación se torna más grave en la medida que la tendencia es hacia un progresivo crecimiento de los excluidos. El país cuenta con medios cada vez más reducidos para programas de atención en esta área y a su vez, las medidas implementadas demuestran ser poco eficaces para alcanzar logros aceptables.
Culminando este primer tramo. Fuera de los avatares históricos y a pesar de una descripción tan comprimida, el país continúa basado en un esquema de crisis. Totalmente dependiente de contingencias y coyunturas internacionales para un funcionamiento medianamente aceptable, no se avizoran intentos reales de desarrollo autónomo con propuestas a largo plazo.
Asistimos a la implantación de un modelo defensor a ultranza de la libertad de mercado, como el mecanismo principal que garantice las condiciones (dinámicas y eficientes) para un pretendido progreso y avance socioeconómico. Ello, según sus defensores, es la cuestión necesaria para generar una justa distribución, casi de manera espontánea, de los resultados del desarrollo. Es bueno advertir aquí, que en la óptica de estos sectores, el sitial del Estado sigue siendo el mismo, aunque su función varía con el tiempo. Ahora, el rol principal es asegurar que los mecanismos del mercado funcionen sin alteraciones, de manera que la distribución de bienes queda librada a "equilibrios naturales" que se producirían en los ámbitos del capital, el financiero y el del trabajo. Con esta perspectiva, asistimos a una limitación progresiva del papel del Estado y a una creciente ideología opuesta a cualquier pretensión interventora del mismo.
Los ejemplos de este tipo de funcionamiento son variados. Mientras los dos más grandes apoyos (y endeudamientos) financieros internacionales de los últimos años se han dirigido a rescatar a la salud mutual privada y al sistema financiero nacional (herramientas, recursos y servicios de la clase media y alta), los pobres son cada vez más pobres y la exclusión es creciente en el Uruguay de hoy. Datos relevados señalan que "... el 20 % más pobre de la población consume apenas el 5,4 % de la riqueza, mientras que el 20 % más rico consume anualmente casi la mitad de la riqueza nacional (48,3 %) ...". Esto golpea directamente cualquier lógica de equidad social y somete a severa crítica nuestro concepto de Justicia.
Por otro lado, en las últimas décadas el Uruguay tuvo ciclos de crecimiento. Sin embargo ello no logró revertir la pobreza, demostrando una vez más que si bien el crecimiento (o el enriquecimiento) es una condición necesaria, no lo es todo en cuanto a lograr un desarrollo equitativo y justo de la sociedad nacional. Los sectores poderosos vernáculos, aliados a todo gobierno de turno (los herederos de los seguidores de Sarmiento, de Mitre y aduladores de la Triple Alianza, los bien llamados "apátridas seducidos por la novelería extranjerizante") son los más firmes defensores del liberalismo (en la perspectiva de la economía política), sostenedores de los "gradualismos" en la faz intervencionista (como máxima concesión a la actividad estatal) y convencidos de la preclara estrategia de "hacer crecer la torta para que haya más para distribuir".
La realización gubernamental (cuantitativista, pretendidamente cientificista pero finalmente tecnocrática y mandadera de las organizaciones internacionales financieras), se ha dirigido fundamentalmente a las intervenciones de neto corte asistencial, pretendiendo reducir un margen de desigualdad peligrosamente cercano a lo que la sociedad tolera; pero a la vez, produciendo una desastrosa restricción en políticas sociales que apuesten por un desarrollo (autóctono y sostenible) a mediano plazo. Dicho de otra forma. Los aspectos económicos priman por sobre las cuestiones sociales (si bien son aspectos complementarios, el error radica en la primacía de uno sobre las otras).
Las políticas sociales se han reducido drásticamente. No desaparecen en la medida que en los últimos tiempos integran pactos o acuerdos cupulares. Pero en última instancia, son compromisos políticos y no políticas públicas. Así, sirven de muy poco y no atienden los reales problemas de fondo.
Mientras la tecnocracia gubernamental festeja con algarabía el puesto Nº 40 que Uruguay ocupa en la tabla de desarrollo humano, los comedores, merenderos y ollas barriales crecen y se expanden como nunca antes en el Uruguay de hoy.
Como bien ha sido expuesto: "El Uruguay está hoy, en todos los órdenes de existencia, a mayor distancia de los países llamados "desarrollados", que hace veinte años. La copia desarrollista adoptada, no ha desarrollado nada, a no ser las carencias".
Queda entonces delineado el escenario general por el cual transitamos. Un país en crisis, con una prolongada recesión económica, de creciente injusticia y exclusión social, con un notorio deterioro en la imagen que tiene la sociedad respecto a la mayoría de los políticos, un comportamiento demográfico negativo incrementado por nuevas oleadas de jóvenes que emigran, con sectores productivos en retracción y fuertemente endeudados, en el que - posiblemente - en lo ideológico, vuelva a reproducir el enfrentamiento entre el liberalismo y el marxismo (o sea, la versión actualizada de la misma falacia de los 60, ente capitalismo y socialismo, ellos entendidos desde una exclusiva óptica internacionalista).
Era necesario hacer esta breve descripción de algunas situaciones generales para comenzar a acercarnos a la temática central universitaria. Sin embargo, se requiere abordar los conceptos de cultura y de educación, como elementos previos para un análisis más en profundidad acerca de la Universidad y del sistema educativo nacional. A ello nos dedicaremos en el siguiente capítulo.
CAPITULO 2 - ACERCA DE LA CULTURA Y DE LA EDUCACION.
La cultura está llamada a cumplir un rol productor y asegurador de valores, conductas y usos sociales propios de un mismo pueblo. En su calidad especial de productora de energías liberadoras, se explica como suele ser atacada, desdibujada y a su vez, se generan formas de "contra - culturas", en pos de su desintegración. La cultura, si bien no es una herramienta exclusiva de lucha y de oposición contra la dependencia, constituye una de las principales fortalezas que tienen los pueblos contra las diversas formas de dominación. La contra cara de ello, es que la colonización cultural no ofrece resistencia, suele ser atractiva, deslumbrante y sutil. Un pueblo con un acervo cultural importante, cuenta con mayores medios para romper con esa dependencia.
La cultura nacional, aquella considerada a través de las formas de organización social y económica, los usos y costumbres sociales, las creencias y los valores imperantes, la dimensión axiológica sobre los comportamientos de sus miembros y la creación o expresión artística e intelectual, expresan de manera auténtica el ser nacional.
El concepto de nación se construye a partir de un territorio común, una tradición cultural análoga entre sus pobladores, con una estética y un lenguaje común, donde sus componentes cultivan un sentido de pertenencia a una misma comunidad. Entonces, la dimensión cultural constituye una parte fundamental de la idea de nación.
Los marxistas identifican a la nación como una superestructura del modo de producción capitalista. Un tipo de organización de la población que se corresponde con cierto estado de desarrollo de las fuerzas productivas. Este profundo dogmatismo resulta insuficiente y termina rechazando la idea de la nación oriental, ya constituida por el pueblo que acompañó a Artígas en el éxodo y diseñó las bases fundamentales para su organización política e institucional. Restringida por su método, la teoría marxista no alcanza a explicar, en nuestro caso, la pre existencia de la nación antes que el estado. La síntesis de la expresión canalizada a través de nuestros cabildos, asambleas e improvisados comités de fogón, entre patriotas, gauchos, indios y criollos, son anteriores y a su vez inspiradoras de las instrucciones, de las leyes y a la postre, de la propia Constitución Nacional.
La cultura nacional se reafirma, comprende y se preserva (y dadas dichas condiciones, se desarrolla y evoluciona), en la medida que exista una verdadera conciencia nacional respecto a su importancia. Mientras tengamos el convencimiento de que la cultura debe preservarse y se generen las formas de garantizar su evolución y la continuidad de los valores que conlleva, será una herramienta eficaz en la construcción de modelos alternativos de desarrollo autónomo para nuestras sociedades.
La historia de los pueblos latinoamericanos es la crónica de la destrucción de las culturas autóctonas. Los ejemplos son numerosos donde en diversas épocas y distintos lugares geográficos, a los pueblos se les ha inducido a adoptar pautas culturales generadas en otras sociedades. Las estrategias de sometimiento suelen dirigir sus esfuerzos a debilitar y aún, volver imposible, una conciencia nacional. Con ello se pierden los referentes y se anulan los esfuerzos en el diseño de una alternativa auto generada por esas mismas naciones.
Se trata de destruir esa conciencia nacional y sustituirla por una cultura "de consumo" e individualista, generadas en el primer mundo, con patrones alienados y reflejos que tienden a sobre valorar todo conocimiento, forma de pensar o conductas que provengan del exterior. En los hechos esto va legitimando la relación de dominación internacional. En otras palabras, la dependencia produce su propia cultura o dicho de otra forma, crea la "contra - cultura" (exteriorizada como típicas formas de "vasallaje cultural"), porque se contrapone directamente a los valores centrales nacionales.
Uno de los primarios síntomas de la estrategia colonizadora respecto a los pueblos en sometimiento consiste en alcanzar un estado de conciencia que asuma y acepte pasivamente la situación de dependencia, como algo superior, inmodificable, que no hay más remedio que convivir con ello. Se tiende a justificar y presentar como una situación eterna, permanente, ciegamente fáctica y fatal, al estado de cosas creado.
Expresado lo anterior, se vuelve de capital importancia comprender el papel que cumplen las instituciones educativas. Desde el comienzo, éstas han procurado ser irradiadoras de la cultura, principalmente de aquella "cultura" de las naciones más avanzadas. Aunque también (y con ello), se ha caído en generar las condiciones que promueven y construyen las estructuras internas que llevan a la situación de dependencia. Esta desviación se produce cuando la cultura nacional es sobre pasada por valores externos y ajenos a su propia identidad (en una alianza entre los imperios y las oligarquías autóctonas).
En el capítulo anterior se tuvo una visión más estructuralista del fenómeno de la dependencia. Acá, nos estamos refiriendo al escenario cultural, por tanto, la batalla se traslada al campo de las Ideas. Cuestión que no es menor, puesto que si todo el andamiaje formativo de los ciudadanos - y como una de las organizaciones principales, la propia Universidad de la República - adopta moldes extranjeros, su movimiento pendular irá desde la imagen "europeizante" a la ceguera de la
"norteamericanización", como paradignas del desarrollo cultural. Luego, el trasvase de tales concepciones al funcionamiento de la economía y a otros sistemas sociales, será simplemente un paso.
En su tiempo lo planteó Domingo Sarmiento, al expresar que el dilema de nuestras sociedades era civilización o barbarie. Cultivador de una concepción en la cual la civilización era todo lo cultural, político y económico proveniente de Europa. Por oposición, aquello que era el pasado, la historia y la esencia latinoamericana, era representativo del atraso y el primitivismo. Llegó a expresar que no debía ahorrarse sangre de gauchos, "porque era lo único de humano que tenían". Los ideólogos de la balcanización de entonces, fomentaron las condiciones internas para que los sectores más favorecidos por el comercio exportador, impulsara y defendiera el imperio de las políticas libre cambistas, mediante las cuales, comenzará a transitarse desde el viejo colonialismo, hacia las nuevas formas de dominación.
Uno de los ejemplos más claros no ya en lo económico sino típicamente cultural es la desarticulación de la expresión más democrática y popular de la soberanía de nuestros pueblos, manifestadas en asambleas abiertas y en los cabildos, donde se definían los destinos colectivos. Nuestras jóvenes sociedades fueron campo fértil para los intelectuales europeizados, que bajo la bandera del liberalismo postularon la creación de sistemas parlamentarios, aunque la participación quedó reservada a ciertas clases sociales. Fue así que la participación popular en el poder, tradición consolidada en el artiguismo, excluyó a los gauchos, mestizos, indígenas que pelearon por la independencia, etc., situación que se mantendrá incluso hasta los albores del siglo XX.
La defensa de la cultura nacional solo puede realizarse reafirmando la esencia nacional. Asumiendo de manera real y no meramente enunciativa, el pasado colectivo, los usos y costumbres tradicionales e idiosincracia consustancial de la comunidad que construye nuestro pueblo (considerado en un mismo tiempo y espacio), todo ello que en última instancia, constituye la cultura nacional. Ante ella pueden asumirse dos posiciones extremas: conservadoras o progresistas.
La primera, es una actitud de defensa a ultranza por la inamovilidad de la cultura, la oposición a cualquier cambio, la negación a toda transformación y más aún, la reivindicación dogmática de ciertas pautas postuladas como inmodificables. La segunda, opción progresista, apuesta por la construcción cotidiana de la cultura nacional, acepta su cualidad evolucionista y adaptativa, de una gestación acumulativa, como condición imprescindible para su existencia y calidad de autóctona.
La educación la debemos considerar desde dos puntos de vista fundamentales: uno, como correa de transmisión de pautas culturales, y dos, como proceso capaz de liberar las mejores potencialidades humanas y sociales, formador en definitiva de seres libres y solidarios, consustanciados a través de su participación, su reflexión y pensamiento crítico, en la solución de los grandes problemas nacionales. El principio rector de esta forma de entender a la educación es el de la personalidad. Supone la consideración de las personas como sujetos activos de su tiempo, con capacidad y derecho - tanto personal como social - para influir en su entorno, única garantía de su más plena y libre realización humana.
He aquí que hemos descrito muy brevemente uno de los pilares de este documento. El principio cuenta con un perfil ideológico propio, que lo distingue de otras líneas de pensamiento. Nuestra visión se contrapone con concepciones como el marxismo, donde se ha llevado al hombre a la simple condición de estar al servicio del Estado omnipresente, desapareciendo de plano sus derechos individuales. También, contrario al neo liberalismo a ultranza, donde se asigna al hombre el rol de propiedad o instrumento de otro hombre, diluyendo toda responsabilidad social. La educación es una de las principales herramientas para el desarrollo del Hombre, para garantizarle su libertad y dignidad y a partir de ello, impulsar su capacidad y poder de creación en beneficio propio y de la comunidad.
En resumen. Destacamos como elementos consustanciales del pensamiento nacional y liberador, como alternativa superadora al estancamiento y la dependencia:
1º) un respeto al pasado común y a nuestra historia como su iluminadora, lo que no significa apego por moldes o costumbre perimidas o una trasnochada vocación restauradora. Es la custodia de los principales valores nacionales, los que han construido nuestra fuerza e identidad como nación.
2º) un respeto a la realidad de las cosas, que supere los ideologísmos dogmáticos, que impiden discernir con claridad, en la medida que supeditan los fenómenos sociales a las ideas de papel.
3º) una permanente disposición a la revisión y reelaboración de proyectos, en el entendido que una Nación no está nunca definitivamente hecha. La comunidad nacional es el producto de su devenir histórico, en un proceso acumulativo (y no por ello descartamos las rupturas popularmente producidas), de formulación permanente de valores y metas que socialmente se irán seleccionando.
4º) una mirada abarcadora de toda la realidad social, evadiendo y opuesta a las limitantes impuestas por intereses sectoriales o partidarios, defendiendo permanentemente a los intereses de las grandes mayorías nacionales, y atenta a integración y superación de los sectores menos privilegiados.
5º) una visión humanista y solidaria de la organización de nuestra sociedad, que ubica al Hombre como su centro y propugna el establecimiento de lazos de fraternidad y responsabilidad social, en pos de conciliar los valores emergentes de la libertad individual con la atención a los más necesitados, acciones expresadas en obligaciones comunitarias de todos los miembros de la Sociedad.
Estos cinco grandes principios fundamentales de nuestro pensamiento trazan las metas de la educación:
1) educamos POR generar una conciencia colectiva acerca de una historia común y la práctica de una solidaridad activa, en un progresivo escenario de diferenciación social.
2) educamos PORQUE todo cambio estructural solo puede ser precedido por un progreso cultural que posibilite la toma de conciencia respecto a nuestra condición.
3) estar educados es una condición preliminar imprescindible PARA la constante redefinición y construcción progresiva de las identidades colectivas de nuestra sociedad.
Para terminar. Nuestro carácter de universitarios nos obliga referirnos a la dependencia científico - tecnológica como una faceta importante del fenómeno de dominación. En la actualidad el conocimiento y sobre todo, el de punta y la innovación, son elementos de valor comercial e industrial muy relevantes. La evolución operada nos demuestra cómo el avance en la ciencia pasó de ser una labor resultante de procesos insertos en las universidades, a constituir verdaderos "laboratorios - fábricas" de investigación, la mayor parte por fuera de ellas y sujetas a condiciones reguladas por la rentabilidad y los mercados. Los países poderosos aplican fuertes incentivos en la captación de nuestros mejores recursos humanos. Antes se hablaba de "fuga de cerebros", hoy día los países centrales gastan inmensas cantidades de recursos en la detección de científicos e investigadores para proveer sus industrias y laboratorios. A la vez, se asigna a los países en desarrollo, la función de meros consumidores de nuevas tecnologías, separados y excluidos del circuito de la generación de nuevos conocimientos. Las políticas de ajuste y los pretendidos equilibrios macroeconómicos que se les exige a las naciones menos desarrolladas, han provocado fuertes recortes en sus políticas científicas. Con ello, se profundiza también la dependencia cultural.
CAPITULO 3 - LA REFORMA DE CORDOBA Y LA LEY ORGANICA DE LA UNIVERSIDAD DE LA REPUBLICA DEL AÑO 1958.
La incorporación de estos dos temas muy relacionados entre sí pretende compartir con el lector un breve relato y comentario sobre los acontecimientos universitarios sucedidos en Argentina y en Uruguay durante el siglo pasado. Pero a la vez intenta desentrañar o desmitificar algunos elementos que el paso del tiempo por un lado y la desinformación provocada por intereses particulares por otro, reducen en la crónica y en la propia historia a simples consignas o meras explicaciones con conductas simplificadoras que persiguen otros intereses.
Aquí no se realiza una descripción completa de los sucesos. La disponibilidad de libros y documentos es grande y al alcance de todos en las bibliotecas universitarias de hoy día. No obstante interesa desentrañar las causas, consecuencias o resultados así como el pensamiento predominante en el estudiantado de Córdoba de 1918 y en los universitarios uruguayos de fines de la década del 50.
Los acontecimientos de Córdoba no fueron sorpresivos o inesperados. Tampoco las ideas surgidas fueron espontáneas, ya que venían manejándose en otros países en encuentros, manifiestos estudiantiles y congresos (como el Primer Congreso Internacional de Estudiantes Americanos en Montevideo 1908, al que le siguió Buenos Aires en 1910 y Lima dos años después).
El clima social imperante fue el factor decisivo. La guerra en Europa, la expansión del capitalismo en latinoamérica, el ascenso de una clase media con peso social considerable, la progresiva participación del proletariado fundamentalmente urbano, los acontecimientos de la revolución rusa, un acelerado proceso de industrialización alimentado por masas de inmigrantes provenientes del viejo mundo, el advenimiento del radicalismo en el poder, gestaron en la Argentina las condiciones para el estallido reformista.
El cuerpo de ideas que confluyen en los hechos que acontecieron, en el propio Manifiesto y en las interpretaciones que años después sus protagonistas dieron a conocer, reconoce un amplio abanico de vertientes. El predominio del idealismo del novecientos frente al positivismo del siglo 19, el rechazo a sectores católicos conservadores, el liberalismo, el pacifismo de la mano con el anti militarismo, el estandarte de la solidaridad social y la oposición a la universidad clasista, la influencia de la corriente wilsoniana (al decir del propio Mariategui, como "liberalismo wilsoniano"), el americanismo que comienza a construir la matriz anti imperialista de muchos universitarios y hasta el influjo del pensamiento anarquista sindical fundamentalmente aquel de raíz italiana, constituyen las ideas que convergen en Córdoba en el año 1918.
La Universidad Nacional de Córdoba fundada en 1613 y conducida por los padres jesuítas se regía por similar estatuto que sus pares de Buenos Aires y La Plata. Sin embargo el movimiento estudiantil se produce allí en razón del clima interno imperante fundamentalmente caracterizado por el estado de enquilosamiento espiritual, docente y científico, además de una dirección eminentemente oligárquica.
El 31 de marzo de 1918 se declara la huelga estudiantil en Córdoba, conducida inicialmente por un "Comité pro- Reforma" hasta la fundación de la Federación Universitaria de Córdoba a mediados de ese año. El motivo puntual: la supresión del internado médico que en realidad es simple crónica a la luz de lo expresado anteriormente. El comité inicial es quien realiza y lanza el Manifiesto a la Juventud Argentina. A su vez, en un Memorial, se remite a las autoridades de la universidad y del propio gobierno argentino, Ministerio de Instrucción Pública, un documento incluyendo propuestas y fórmulas concretas de reforma. En abril de ese año coincidiendo en la capital una delegación estudiantil de Córdoba con representantes de las federaciones locales, de La Plata, Tucumán y Santa Fe nace la FUA, Federación Universitaria Argentina.
El Manifiesto es notoriamente americanista ("La juventud universitaria de Córdoba a los hombres libres de Sudamérica"), con notas recurrentes de anti imperialismo. Apunta a denunciar el anacrónico régimen universitario (en el cual, por ejemplo, preveía cargos vitalicios en los organismos de dirección), proponiendo "un gobierno estrictamente democrático" de relevante presencia estudiantil.
No obstante el valor y la riqueza del manifiesto, resulta capital revisar el corazón conceptual de la reforma que comienza a delinearse en el Primer Congreso Nacional de Estudiantes Universitarios de Argentina (20 al 31 de julio del 18). De allí emanan tres documentos: (a) Bases de Organización de las Universidades, (b) Proyecto de Ley Universitaria y (c) Proyecto de Bases Estatutarias, a partir de los cuales puede delinearse los principios o ideas fundamentales del movimiento reformista. Entre ellos se incluye:
1) La comunidad universitaria - entendida por vez primera como la participación de docentes, egresados y estudiantes en rechazo a la Ley de Avellaneda (1885) que declaraba miembros de la universidad solamente al Rector, a las autoridades superiores y a quince miembros de cada Facultad.
2) La universidad como ámbito de democracia - en razón de la participación de diversos ordenes que funcionarán como una "república democrática" al decir de los documentos.
3) Los universitarios como un ordenamiento jerárquico - el que se basa sobre la selección de los más meritorios, exponiendo que la institución se compone de tres "estados" a saber: los universitarios o estudiantes, los graduados y los profesores. Una igualdad entre los componentes que sin embargo reconoce jerarquía naciente del mérito del saber.
4) La autonomía - cuyo fundamento es la integración de la institución por todos sus ordenes y la participación de los mismos en un régimen interno de democracia. Se opera un cambio, la autonomía reconoce su fuente en el hecho democrático dejando a un segundo lado el saber.
5) La participación representativa - la participación en el gobierno de tal república democrática se basa en la "legítima y proporcional representación de los intereses" de los distintos ordenes y no en la democracia del número (fórmula que tiende a equilibrar en el poder las desigualdades numéricas entre componentes de cada orden). Hasta hoy día se continúan los debates sobre este principio de proporcionalidad representativa y del peso del tercio estudiantil en los ámbitos de decisión.
6) Los órganos de gobierno - se distinguen los cuerpos de electores del cuerpo directivo de tal manera que las funciones electorales y las de dirección no radiquen en un mismo organismo. En materia de gestión, los documentos comienzan a diferenciar en lo administrativo lo que es función directriz y concomitantemente, órganos ejecutivos y especializados.
7) Los postulados académicos - entre los que se ubican la asistencia libre a clases, la docencia libre y la periodicidad de cátedra. El primero se oponía a la exigencia de cursos reglamentados, la libertad del estudiante en optar si concurría a clase y a favorecer a aquellos que trabajaban. En el segundo caso, frente a los cursos regulares que surgían de los planes de estudio vigentes y con profesores oficialmente designados debía establecerse los cursos libres, dictados por cualquier persona haciendo uso de su derecho a enseñar (o sea, los docentes libres, aspirando que los estudiantes pudieran escoger como maestros a los mejores). La libertad de cátedra es una derivación de lo anterior. El postulado final refiere a la oposición a la categoría de profesores vitalicios, levantando la bandera que los cargos de profesores titulares fueran renovables por decisión de las autoridades.
8) La función social de la universidad - reivindicando a la universidad social (concepto precursor de las universidades populares), la ayuda estudiantil o asistencia social y a la extensión universitaria. Cualquiera de estos términos tenían significado diverso a lo que hoy conocemos como tales. Sin perjuicio de ello vale la pena anotar una notoria preocupación por establecer claramente un contacto directo, formal e institucional entre la universidad y la sociedad.
9) La publicidad de los actos - en razón de la responsabilidad pública tanto interna como externa que tienen los organismos de gobierno respecto de sus actos, oponiéndose a la práctica habitual de las sesiones secretas de los Consejos. Es un primer esfuerzo hacia la transparencia de la gestión, la responsabilidad de los organismos y la rendición de cuentas por sus decisiones y acciones.
La Reforma de Córdoba y el listado completo de estos principios nunca fueron aplicados, ni aún en la Argentina hasta mucho tiempo después y más cercano a nuestros días. Al movimiento reformista le siguieron sucesivas contra reformas, idas y venidas en una nación donde el gobierno contó siempre con un control importante del sistema educativo universitario. Sin perjuicio de ello, los conceptos y valores se transfirieron por toda latinoamérica, influyendo en sus respectivas juventudes y ámbitos universitarios.
Comenzando con el caso particular de nuestro país, tampoco puede excluirse a la historia, la situación social y a la cultura nacional como factores relevantes que explican el proceso que desembocará en la aprobación de la ley orgánica universitaria de fines de los años cincuenta.
Antes es preciso anotar que en el caso de Uruguay, la ley orgánica de 1908 (estatuto caracterizado por su inmensa pretensión descentralizadora para la estructura institucional de la universidad) estableció por primera vez en el continente americano la representación indirecta de los estudiantes universitarios en los consejos de las Facultades. Más adelante, la Constitución de 1917 consagró la autonomía universitaria. En el medio pueden citarse una cantidad enorme de encuentros de estudiantes universitarios internacionales, con la presencia de representantes de la mayor parte de los países de latinoamérica. A partir de 1908 donde en Montevideo se realiza el Primer Congreso Internacional de Estudiantes Americanos, se suceden encuentros anuales del Río de la Plata, campamentos universitarios bi nacionales e internacionales y una cantidad de actividades conjuntas similares que indudablemente generan y transfieren aspiraciones del estudiantado universitario latinoamericano.
Los avances a los que hacíamos mención arriba y que eran expresión vanguardista para los estudiantes de latinoamérica fueron arrasados en la dictadura de Terra. A raíz de ello, el proceso que culminará con la aprobación parlamentaria de la ley orgánica 12.549 se puso en marcha el 15 de agosto de 1945, al remitir el Poder Ejecutivo al Legislativo un proyecto de ley que había sido aprobado en el Consejo Central Universitario. Estando este proyecto terminado de analizar y habiendo sido tratado por la Comisión (legislativa) de Instrucción Pública, la comunidad universitaria realizó gestiones de todo tipo durante los mese de setiembre a diciembre de 1949 para que se le remitiera el proyecto terminado, a fin de ser sustituido por uno nuevo. La iniciativa entonces quedará en el olvido, hasta junio de 1952, donde por iniciativa de la Cámara de Representantes se designa una comisión especial de 15 miembros a fin de redactar un nuevo proyecto. Una de las iniciales tareas fue la de solicitar informes a la Universidad, por lo que se produce la convocatoria a la Asamblea General del Claustro comenzando una nueva etapa, tal vez la más ardua, que terminará en el año 1956 con un proyecto aprobado a nivel del Claustro general y dos años después, con la aprobación en el Consejo Central (7 de abril de 1958).
De mayo a octubre del 58 es el período de tratamiento en el Parlamento. Hubiese sido más corto aún de no mediar una remisión equivocada a la Comisión de Instrucción Pública cuando finalmente la Comisión de Legislación y Administración fue la responsable, ampliada con la colaboración de la primera y la de Constitución y Códigos. Finalmente, el 15 de octubre de 1958 la Cámara de Senadores aprobó el proyecto.
En cuanto a la ley orgánica del 58, hoy vigente, merece hacerse mención desde nuestra perspectiva:
1) el clima social imperante y el ambiente de nuestros claustros fue diferente al resto de las instituciones de latinoamérica. Ello explica la falta de un movimiento reformista o un estallido al estilo cordobés. Por ejemplo, bastante antes de la ley orgánica, el Decano de la Facultad de Agronomía era sustituido por un estudiante en las sesiones del Consejo Directivo. Aún más, no puede soslayarse que la iniciativa emanó del parlamento.
2) el proceso interno en la universidad demandó más de 6 años en su última etapa hasta alcanzar un proyecto definitivo. A nivel parlamentario, el mismo proceso transcurrió en cinco meses.
3) en la esfera universitaria el proyecto dividió fuertemente a la comunidad y el proyecto tuvo que ser aprobado por mayoría. En el parlamento, si bien no hubo unanimidad (en el tratamiento particular del articulado), el respaldo fue mucho mayor.
4) el factor de la demora de un acuerdo en la universidad fue la cuota de poder para cada orden. Finalmente se transó con la fórmula actual, de 5 docentes, tres estudiantes y tres profesionales en los Consejos y la posibilidad de que un estudiante sea delegado suplente de la Facultad ante el Consejo Directivo Central.
5) la consigna de "obreros y estudiantes unidos y adelante" no pasó de simple slogan con otro tipo de interés. El proyecto, en sus distintas fases de discusión, nunca contempló la participación de trabajadores en los organismos universitarios, pese a los contemporáneos ejemplos en las no lejanas Universidades del Litoral, Santiago del Estero y Tucumán.
Expresado lo anterior, la ley orgánica de la universidad aparejó:
1) una fuerte consagración de su autonomía, la participación de sus componentes en el gobierno y un régimen de garantías para el funcionamiento democrático interno.
2) la generación de un cuerpo normativo único e integral, frente a la alta dispersión legal existente hasta ese entonces.
3) la valoración de todas sus funciones sustantivas intentando un equilibrio entre las mismas.
4) una tendencia clara a la integración de las diferentes unidades o Facultades, en contraposición a los modelos "federativos" de principio de siglo (1908) y de la Ley de 1934.
Culminando este capítulo.
Al revisar las crónicas estudiantiles de principios del siglo veinte y salvando cualquier desliz patriotero, la creación o gestación de una idea o modelo universitario que luego se trasladó a otros países del continente correspondió a los estudiantes uruguayos. En forma gráfica: la voz y el discurso nació de los estudiantes de Uruguay, aunque la amplificación y la comunicación de los postulados estuvo a cargo de los universitarios cordobeses.
Los universitarios uruguayos no fueron ni el germen ni la semilla sino que fueron los constructores intelectuales, diseñadores de un modelo universitario latinoamericanista, cuya idea se alimenta tanto de la práctica original que viene desde el primer reglamento orgánico de la Universidad del año 1849 (presencia estudiantil en la Sala de Doctores), o la votación estudiantil para la integración al Consejo Central en 1878, pasando por los vanguardistas postulados del Congreso Internacional de 1908, la iniciativa y protagonismo en la creación de la Liga de Estudiantes Americanos, y la irradiación de ideas desde el Centro de Estudiantes "Ariel", naciente de la huelga estudiantil de 1917.
No es de extrañar entonces el pacífico tránsito en lo público (y no tanto en lo universitario) hacia la ley orgánica del año 1958. Buena parte de los legisladores de ese entonces se habían formado al amparo e influjo de estas ideas, integrando las sucesivas generaciones protagonistas de los debates y cambios que se gestaban dentro la universidad.
No obstante lo dicho, no hay que quitar mérito alguno a la ley orgánica. Constituye un paso adelante en la historia de la educación superior de nuestro país, producto de prácticas y costumbres nacionales desde el nacimiento como institución para nuestro pueblo, una creación intelectual muy particular a nuestra identidad y fruto de la acumulación sucesiva de aportes desde diversos ámbitos de la sociedad.
CAPITULO 4 - UNIVERSIDAD Y SOCIEDAD.
Con la redemocratización del país (1984 - 1985) surgió en el seno de la Universidad un gran debate, simplificado y falaz, entre la restauración y/o el cambio. Hoy día, con el paso de los acontecimientos y la evolución operada en tantos escenarios (interno y externo), la dicotomía se reduce a hacer crónica de hechos del pasado. Pero en su momento, asistimos a una discusión ferviente entre posiciones pretendidamente enfrentadas. Interesa resaltar algunos fenómenos que operan como "anclas" en los actuales debates sobre las transformaciones necesarias.
Entre los años 1980 a 1985 la discusión principal se orientaba entre las opciones de reconstruir el viejo sistema educativo universitario anterior al año 73 o aprovechar la instancia para producir cambios fundamentales en su estructura. Tal era el centro de discusión que comenzó a operarse aún fuera de la propia Universidad intervenida, incluso antes del cese del estado de excepción (en núcleos académicos, gremiales, políticos, etc.). Estas discusiones, en talleres, charlas, seminarios o en reuniones privadas (clandestinas) fueron una forma adicional de expresión contra la dictadura, a la vez de aprovecharlas como medio para reflexionar sobre la problemática a enfrentar al momento de la caída definitiva de la intervención en la Universidad (hecho que finalmente aconteció el 22 de agosto de 1984).
Con este dilema, planteado de esta forma, se volvieron a instalar falsas o pretendidas oposiciones, favoreciendo pequeñas minorías que denodadamente procuran legitimar una base de sustento carente de cualquier tipo de lógica y de apoyos populares. Ambos términos "restauración o cambio" son dos caras de una misma moneda, que tomaba como supuesto la capacidad de "reiniciar" la historia a partir del modelo imperante de la Universidad del 73.
Aquellos que sostenían la necesidad de un cambio, impulsaban una nueva orientación sin contenido, basada en la simplista oposición a un modelo en particular, el cual no debía reeditarse. Basados en las exteriorizaciones más negativas de la Universidad, el cambio se fundaba en la necesidad de distanciarse de una institución opositora y de permanente denuncia, con un alto nivel de radicalización y de partidización, excesivamente declaracionista y contestataria.
Mientras por otro lado, había quienes sostenían el rumbo restaurador (aún imprimiéndole ciertas correcciones ante situaciones como las antes anotadas), de una Universidad abierta a la sociedad, comprometida con su tiempo, de alta participación y demás atributos y principios que - en otros tiempos y en otra situación - la llevaron a convertirse en referencia obligada para nuestra América, por sus cualidades académicas y sociales.
La dialéctica culminó básicamente con una transacción entre sectores de la izquierda tradicional y los moderados. En lo estructural primó la restauración del viejo y criticado modelo napoleónico y en lo discursivo, pasó a primer plano la necesidad de apertura, nueva inserción social de la Universidad y en procurar destruir el mito de la "universidad - isla".
La historia vuelve a repetirse. El Plan Maggiolo, uno de los últimos proyectos de transformación más o menos con aspiración integral universitaria, sufrió sus principales críticas y oposición desde la FEUU. Estos mismos sectores lograron primar en una restauración a ultranza, hasta en la reincorporación de las autoridades existentes a setiembre de 1973 que retomaron sus cargos y funciones en marzo de 1985. Con ello se cerró un nuevo entendimiento o pacto entre cúpulas. Las estructuras continuaban intactas porque era el campo conocido de experimentación, reclutamiento militante y capacidad de accionar en la sociedad, mientras otros sectores, apostaban a la capacidad de conducción de algunos de los protagonistas, que permitieran impulsar un cambio significativo en la Universidad de la República (el tan manido "gradualismo").
La miopía de estas estrategias explica en parte el nacimiento y crecimiento de la Corriente Gremial Universitaria (CGU). Ninguno de los caminos propuestos lograba condensar los intereses ni las aspiraciones de la mayoría de los estudiantes universitarios. El logro principal de la CGU fue la formulación de un proyecto distinto, con raíces eminentemente universitarias que recogían sus mejores tradiciones, sin una verticalidad obsecuente con dirigencias político partidarias y fundada en un marco de aspiraciones resultantes de las demandas más sentidas por los estudiantes universitarios. La capacidad de interpretación de sus militantes brindó el espacio legitimador necesario para un proyecto viable que hasta el día de hoy perdura.
Una de las claves de la génesis de la CGU la encontramos en la necesidad de plantear una nueva posición. El poder brindar una respuesta más razonable (autóctona o más a nuestra medida), a la vez de convocante (popular y con vocación de mayorías), frente a la siguiente disyuntiva: ¿cuál es el camino que debe seguir la Universidad?.
¿Nuestro esfuerzo deberá estar dirigido por restaurar un modelo de universidad liberal, importada hace más de un siglo desde la metrópolis, generadora en exclusividad de profesionales y al servicio de un proyecto desarrollista anacrónico?.
¿Debería ser, por otra parte, gestar una Universidad forjadora de cuadros políticos, cuyo rol sea "concientizar" a la burguesía media que accede a ella, estando al servicio de un "proyecto revolucionario", del cual será protagonista, con sus académicos intelectuales como vanguardia lúcida de los más puros intereses de la clase obrera?.
En definitiva: ¿cuál es el papel a adjudicar a la Universidad en nuestra sociedad y más precisamente en su actual coyuntura?.
Desde nuestros inicios apostamos por la inserción de la Universidad en un proyecto de país nacional y viable, a favor de los intereses de las grandes mayorías nacionales, al servicio del desarrollo social sustentado en valores y marcos culturales propios, contribuyendo con alternativas científicas frente a la crisis, con vocación de compromiso con una sociedad creadora de oportunidades para todos y justa en la distribución de sus riquezas, opuesta a la dependencia, al subdesarrollo y a cualquier forma de imperialismo o nación regente del mundo.
En nuestra posición de estudiantes universitarios, la respuesta lógica frente al modelo agotado, por más que algunos sigan intentando revivirlo y explicar su vigencia, es impulsar el nacimiento de una Nueva Universidad que asuma nuestra condición de país dependiente y que deberá sumarse, desde su ámbito, al desafío de la vigencia de un proyecto como nación independiente. Una institución inserta en un sistema que esté preocupado por contribuir a los mecanismos de reestructuración económica que implica la regionalización y globalización, por tanto, activamente productora de mentes críticas y creativas.
La alternativa consiste en continuar con esta universidad estatal, macrocefálica y centralista, de espaldas al país real, sumisa a ideas extranjerizantes de las cuales suele deslumbrarse o en cambio, una universidad inserta en el país real y en los problemas de su gente, útil y motor (no exclusivo) de las transformaciones como respuesta a sus necesidades que emanan del pueblo. Concretar analíticamente las transformaciones estructurales necesarias deriva en definir también al servicio de qué intereses estará el país en su conjunto. De allí se concluye el rol que tendrá la educación en todos sus niveles y en particular, el de la Universidad.
Postulamos una nueva universidad bajo el concepto de Universidad Nacional. El mismo debe ser entendido desde tres puntos de vista:
1º) Es una institución con una actitud proactiva (asume su compromiso y lo lleva a la práctica de forma sostenida), en servicio de la sociedad que la solventa. De permanente aporte al país y a sus principales problemas, del caudal científico - técnico y de los conocimientos que intrínsecamente posee y cultiva. En las antípodas está el tipo de universidad del eslogan, la declaración y la simple pancarta colgada de la puerta. Nada más inútil que atrincherarse en el saber para contestar con crudeza la realidad y contradicciones del entorno, pero no pasar de la denuncia en ningún caso. Esto condujo al aislamiento de la Universidad y a su incomprensión pública, traduciéndose en una de las peores derrotas de los pseudo revolucionarios de los años 60.
Por lo tanto, deberá ser una organización que ejecute sus funciones en correspondencia y de manera alineada con los ejes del proyecto de desarrollo nacional. Sus caracteres de institución crítica y reflexiva, aún a costa de su carácter autonómico, no le brindan superiores derechos para apartarse de la contribución y el compromiso con el país real, manifestado a través del proyecto nacional de desarrollo e independencia. Sus actividades, traducidas en acciones cotidianas de enseñanza, investigación, extensión, asistencia, producción, etc., no pueden ser interpretadas como simples deberes curriculares ni obligaciones formales emanadas de la ley orgánica, sino como actos materiales en procesos educativos orientados a la generación de resultados (formación de profesionales, de investigadores, de nuevos conocimientos, etc.) que contribuyan al proyecto de liberación nacional.
2º) Una Universidad Nacional se contrapone a UNA universidad en Montevideo. La superación de nuestro actual estado de cosas, también implica romper con las estructuras mentales que nos han impedido ver al Uruguay más allá de los límites de su capital y en todo caso, muy atraídos por las culturas europeas en detrimento de nuestra identidad como nación latinoamericana. Superar la limitante histórica de macrocefalia y de centralismo portuario comienza a ser el camino hacia la apertura y la integración de nuestro pueblo.
En este sentido aquí hay una batalla ganada por la CGU. Desde nuestros albores nos opusimos a la expansión desmedida de los servicios de Bienestar Universitario cuando ello era la lógica resultante de una visión que pretendía mejorar la problemática de los estudiantes del interior (con la pretensión de solucionarle los problemas en un medio distinto al cual vivía). Solidaridad mal entendida, que pretendía dar paliativos en cuanto alimentación, alojamiento, salud, o transporte pero continuaba reproduciendo la creciente despoblación en el Interior, el desarraigo personal, la separación de las familias y la alienación que en muchos producía su temprano contacto con una gran ciudad. Hoy día el propio Plan de Desarrollo de la Universidad de la República plantea como aspiración llegar a los jóvenes del interior con educación universitaria.
La lucha por estos postulados no comenzó ayer. Muchos compañeros de la CGU de varios centros en Montevideo y Salto fueron protagonistas directos del "Encuentro con el Interior" desarrollado en Tacuarembó en 1985. Allí nuestra visión sobre el problema se plasmó en la declaración aprobada por el plenario: "... la Universidad asume un compromiso: no solamente se trata de restaurar la institución universitaria, desquiciada por la intervención, sino encarar nuevos enfoques sobre cómo integrar la comunidad universitaria a una gestión positiva, constituyéndose en reafirmación de un proyecto nacional y popular ...". Al año siguiente, en julio del 86, participamos en el Consejo Directivo Central en las reuniones sobre Política de la Universidad hacia el Interior. Allí se fijaron las pautas reglamentarias y normativas para la Regional Norte (con nivel de ordenanza), la creación de la Casa de la Universidad de Tacuarembó (estatuto) y el proyecto de organización de una División de Promoción y Coordinación del Interior. En todos los casos existieron documentos y propuestas de la CGU. Años más tarde, en octubre de 1989, funcionó el CDC en forma extraordinaria en la Regional Norte, Salto. Nuevamente la CGU se destacó por sus propuestas de mayor autonomía regional, en los reclamos de formación de docentes locales y en la necesidad de un estudio técnico que apoyara el diseño de nuevas políticas descentralizadoras a la luz del camino recorrido. Ejemplos como estos podrían completar varias carillas.
La CGU ha lanzado en varias oportunidades la posibilidad de que la Regional Norte pueda convertirse en la segunda universidad pública del país. No como mera propuesta o reivindicación, sino como tema de discusión para incluir en las agendas de los organismos de cogobierno. Todo ello porque la condición estatutaria original de la RR.NN. desde hace un tiempo constituye un "ancla" en la capacidad de desarrollo local. Se la estructuró como un órgano de coordinación y de administración de los servicios que la universidad en conjunto brinda a través de Facultades, Escuelas o Institutos. Sus propios actores identifican en la reducida o nula autonomía académica, uno de los principales factores negativos en este proceso. Bajo este paradigma, es difícil gestar innovaciones. La originalidad tanto en el campo curricular como en el pedagógico y en la propia auto capacidad de gestión, se ve limitada ante la necesaria reproducción de lo que se hace a cientos de kilómetros, pero en un escenario de mayores restricciones de recursos.
Si bien el campo de debate de las ideas aún está presente, en los hechos hay un buen número de acciones universitarias que comienzan a reorientarse. La toma de conciencia de que no es el centralismo montevideano el camino más adecuado para las formaciones de grado marca un sesgo alentador y ello debe ser asumido como una conquista (no exclusiva, pero de destacada actuación) de la CGU en su conjunto. Lamentablemente, a comienzos del año 2005 la dirigencia de la FEUU vuelve a negarse a abrir nuevas carreras en la ciudad de Colonia del Sacramento. El fundamento principal es la falta de discusión sobre política descentralizadora, cuestión sobre la que estamos de acuerdo, aunque faltaría aclarar a la opinión pública universitaria qué han estado haciendo todos estos años en las reiteradas, sucesivas y permanentes reuniones del Consejo Directivo Central.
3º) Si bien el término Universidad Nacional señala una singularidad, en nuestros tiempos el concepto debe ser ampliado, expandiéndose hasta abarcar, casi coincidiendo, con el sistema nacional de educación superior. Ello por varios motivos. En primer lugar porque hemos abierto ya el debate sobre la necesidad de creación de otra universidad pública (la del norte, por ejemplo). En segundo término, porque en una nación con nuestra dimensión y condición dependiente, la inversión social que en materia de educación superior privada se verifica, aún bajo las garantías constitucionales de libertad de enseñanza, no pueden ir en sentido contrario al proyecto liberador. Y finalmente, porque la aparición de otras instituciones demanda la creación de centros o unidades coordinadoras que articulen el sistema (por oficinas ministeriales o para estatales), las que deberán también orientar sus políticas a facilitar la obtención de metas educativas, mediante estrategias que se correspondan con el proyecto nacional.
Estas tres dimensiones no obstan ni descalifican la idea vigente de una Universidad Nacional. Conceptualmente el marco ideológico es traducible y aplicable en cada uno de los escenarios señalados. Un proyecto liberador no podrá avanzar más allá, sin la conquista simultánea de las ideas en estos tres planos distintos.
El resto de los componentes ideológicos intrínsecos de la propuesta de la CGU lo constituyen los conceptos de Universidad POPULAR y PARTICIPATIVA.
El concepto de una universidad popular tiene una doble interpretación, objetiva y subjetivas. Se aspira a que nuestra Universidad sea realmente Popular cuando sus objetivos estratégicos coinciden en la búsqueda de soluciones a los más auténticos problemas de la sociedad. No es entendiendo que la "intelectualidad" que accede a ella y la conduce, debe aportar críticamente en el encuentro de las soluciones necesarias, dando así cumplimiento a lo que formalmente se pretende de ella. Esta visión refleja la falta de arraigo y la distancia o separación entre el pueblo que la sostiene y financia y la comunidad de sus miembros que se educan y forman.
La Universidad será objetivamente Popular cuando hace suyos los problemas nacionales y se alinea con un proyecto de desarrollo sustentado por la voluntad mayoritaria de su pueblo.
Subjetivamente alcanzará la cualidad de popular cuando su vinculación con las demás instituciones y fuerzas sociales esté al servicio de los intereses de la nación, así como también, pueda dar cabida a quienes desde los estratos más bajos, aquellos que pertenecen a los sectores más pobres de la sociedad, encuentren un espacio para satisfacer sus aspiraciones por educación superior. Sociedades como la nuestra están ubicadas en escenarios con desarrollos desiguales, derivándose de ello la fragmentación social y cultural de sus miembros. Por tanto, la Universidad será popular NO porque realiza o se esfuerza por plasmar la actividad extensionista o lleve adelante programas asistenciales para atender a la población más alejada. Será realmente popular cuando logre poner A sus aulas o EN sus aulas, a aquellos que se ubican en las poblaciones más alejadas de la universidad.
La Universidad es un ámbito POPULAR cuando no existen excluidos en la construcción reflexiva de nuestra cultura ante el embate globalizador. En su forma más simple, el nuevo fenómeno de escala planetaria llamado "globalización", involucra un sinnúmero de procesos e influencias mutuas de fuerzas sociopolíticas, económicas y culturales que contribuyen a la afirmación y conformación de un mundo como una unidad compartida (aunque más no sea, de unos pocos propietarios). Antes, los sucesos y acontecimientos se verificaban de forma independiente; hoy pasamos a una progresiva interdependencia entre los mismos. Los escenarios autárquicos de ayer, son los marcos de una creciente dependencia entre las naciones de hoy. Por sí, la globalización no es buena ni mala, sino que deben analizarse las actitudes o el comportamiento que asumimos colectivamente, frente a ella. Si las influencias o trasformaciones supervinientes generadas como consecuencia de la globalización, son analizadas críticamente en la universidad por todos los sectores componentes de nuestra sociedad, podemos decir que se conjuga el atributo de una universidad realmente popular.
Esta cualidad en su carácter popular se apoya en dos ejes. Como ya se indicó, uno de ellos es la vocación aperturista hacia la comunidad, en el análisis de estas nuevas situaciones, en la que cualquier exclusión de individuos o sectores no puede admitirse. O sea, no es una labor exclusiva de los intelectuales. Es una tarea que convoca a todos los miembros de la sociedad. El segundo eje es la actitud de oponer sus propias capacidades intelectuales frente a la imposición de cualquier tipo de pautas externas, que pretenden homogeneizar el pensamiento mundial. La dependencia se acentúa a partir de los procesos de "modernización refleja", denunciados por buena parte de la antropología latinoamericana. La universidad será realmente popular cuando logra constituirse por sí o generar los escenarios de evaluación crítica y de respuesta frente a estas nuevas influencias. Es un proceso que no puede ser individual, sino abarcando el pensamiento y la voluntad de las grandes mayorías nacionales, que se expresan en una diversidad de formas que el pueblo ha encontrado para organizarse.
A la Universidad Participativa la entendemos desde varias perspectivas. En primer lugar y natural punto de partida, al reivindicar la vigencia de los principios dialécticos de autonomía y cogobierno, los mismos requieren para un desarrollo eficiente (y como garantía) de amplios espacios abiertos a la participación. Entendida esta como la capacidad y el derecho de los miembros de la comunidad universitaria a definir las principales metas y orientaciones de la institución, así como traducir dichas expresiones de voluntad en la elección de sus propios representantes y autoridades. Ello tanto en los ámbitos de los tres órdenes universitarios, como en el de sus respectivos gremios.
No debe caerse en la común tentación de pretender formas únicas de participación. Esta es una tendencia muy propia de las formas gremiales menos democráticas. En los últimos tiempos han aparecido grupos de estudiantes llamados por ciertas actividades concretas y puntuales. Por lo general no rechazan las expresiones gremiales sino que sus preferencias individuales los llevan a canalizar su actividad personal en acciones bien concretas. Colectivos que trabajan por recolectar alimentos para ollas vecinales, compañeros que forman espontáneos equipos en campañas de abrigos para indigentes en invierno, grupos que colaboran en huertas orgánicas, estudiantes avanzados que ayudan en centros barriales realizando asistencia a la comunidad, organizadores de eventos deportivos, etc., todas son formas legítimas de participación estudiantil las cuales hay que respetar y favorecer. Y sobre todo, hay que evitar los pensamientos mesiánicos que ven en estas actitudes inquietas un factor de desviacionismo político gremial (típica reacción de quien tiene y quiere más poder por el poder mismo).
La universidad también adquiere su carácter de participativa cuando se involucra con otras organizaciones, públicas o privadas, en beneficio del desarrollo del país y en defensa de los mejores intereses sociales. Sin perder su capacidad reflexiva, el carácter objetivo y crítico hacia la realidad que la circunda, no puede permanecer ajena a la contribución pública en la búsqueda de alternativas novedosas a la dependencia nacional. Su aspiración debe orientarse hacia un permanente compromiso aperturista, no declarativo, sino sustancial, en que forme parte de los efectivos esfuerzos por alcanzar el bienestar general.
La relación de la Universidad con la sociedad no culmina en la vinculación de ésta con las diversas formas en que nuestro pueblo se ha organizado. Sin separarse ni abandonar estas relaciones, debe también cultivar y articular formas de colaboración con el mundo empresarial (tanto público como privado). Las visiones al respecto se extienden desde las posiciones míticas y prejuiciosas que descartan cualquier contacto con los sectores más representativos del mundo capitalista, hasta aquellos otros que afanados en el logro por la obtención de nuevos y mayores recursos, concretan alianzas concentradas exclusivamente en factores económicos. Unos caen en el error de considerar que por no mantener relaciones con la empresa nacional o internacional se acabará finalmente la explotación o la injusticia social; otros, tentados por fuertes capitales, provenientes de las industrias, impulsan acciones conjuntas pero carentes de todo beneficio (social general o académico particular).
Si la Universidad es consecuente con un modelo Nacional, Popular y Participativo, no corre riesgo alguno al mantener un diálogo fluido con el sector empresarial, incluso el transnacional. Evitar la realidad es una actitud, en última instancia, conservadora, porque supone mantener el estado de cosas actual. El cambio, de transitar por un camino renovador, es aplicar los esfuerzos en ubicar instrumentos e identificar necesidades compartidas, que hagan valedero y útil el pensamiento universitario en las políticas empresariales, y aún más, en el intento de expandir y difundir nuestro marco de valores en dichos ámbitos.
CAPITULO 5 - LA UNIVERSIDAD EN LA SOCIEDAD ACTUAL.
El mundo y el país en sí mismo, es otro bien distinto a aquel cuya situación sociopolítica generó las condiciones básicas para el nacimiento de la Corriente Gremial Universitaria. La razón profunda de la explicación sobre su capacidad de permanencia, la perdurabilidad del pensamiento construido y de la actualidad de sus principios, pese a las transformaciones y cambios operados, se explica a partir de (1) la forma y método de interpretar la realidad, (2) la vigencia de los fundamentos y principios de sus principales postulados, así como (3) las cualidades intrínsecas del componente militante - estudiantil, que forma parte y pertenece a las filas de la CGU.
Hoy tenemos una universidad anclada míticamente a los postulados de la Reforma de Córdoba y a los sucesivos discursos panfletarios que aparecen en los sesenta y que se han convertido en graníticas reivindicaciones (principalmente durante el proceso de salida democrática), porque muchas de ellas fueron consignas anti dictatoriales.
Una universidad antinacional, que en lo declarativo suele ser crítica a la expresión formal del gobierno de turno, pero que sustantivamente actúa en función de una visión extremadamente liberal de un desarrollo capitalista, proveyendo - magros - conocimientos científico/técnicos y un número de cuadros (pretendidamente) calificados para las funciones de producción, en manos de los sectores no aliados con un proyecto nacional. Es gráfica la explicación que daba Darcy Ribeiro: "La universidad necesariamente refleja a la sociedad a la que está llamada a servir, entrechocándose en ella tanto las fuerzas modeladoras del futuro, como las comprometidas con el mantenimiento de privilegios".
Profundiza su carácter antinacional con un exacerbado centralismo. En la última etapa democrática, mas de 20 años de auto gobierno no han logrado acercar definitivamente la educación superior a los jóvenes que viven en nuestro interior. Mientras, el desarrollo de la Regional Norte es paupérrimo (apenas, el logro de nuevas infraestructuras, que son más producto de intereses extra universitarios), en comparación con nuevos servicios y carreras que se han abierto en Montevideo. En tanto en la capital los jóvenes de otros departamentos pueden acceder a becas de comedor, tales beneficios no existen en Salto para estudiantes provenientes de otras localidades del país (aún luego de realizada una inversión edilicia de gran porte).
Una universidad paulatinamente elitizada, donde la inequidad crece progresivamente. En nuestros tiempos la gratuidad de sus estudios no significa garantía de nada, apenas una formal aspiración de igualdad en el tratamiento a los ciudadanos. La inmensa mayoría de los uruguayos contribuimos a solventar la universidad. Sin embargo, cada vez son menos quienes pueden acceder o mantenerse estudiando en ella. Los estudios del perfil de la matrícula universitaria demuestran una clara tendencia en la disminución de jóvenes que provienen de los grupos menos privilegiados de nuestra sociedad y el incremento de la presencia de estudiantes de los sectores con mayores ingresos.
Una universidad que pierde su derrotero popular porque la razón de ser, el sustento básico en la formación superior de ciudadanos, no se vincula con la demanda de cuadros calificados que el país requiere, tanto en relación al número de estudiantes y egresados, como al tipo de las actividades técnico profesionales necesarias. La primacía del individualismo y de los derechos de cada ciudadano (particularmente considerado), funge como muralla ideológica frente a la necesidad de responder eficazmente a las demandas sociales. La injusticia es doble. Por un lado, la prioridad desmedida que le es asignada a los derechos de elección y acceso de aquellos que están en condiciones de realizar estudios universitarios (nada se habla del derecho de aquellos otros que no logran las condiciones para ingresar o para mantenerse en el sistema educativo). Pero por otro (es la segunda prioridad individual asignada), que se relaciona con la elección de las preferencias profesionales. Frente a la superpoblación en algunas profesiones tradicionales, existen áreas del conocimiento donde no es posible encontrar técnicos ni profesionales, ubicándonos en una situación de tremenda dependencia de tecnologías extranjeras (o de mayor elitización, no todos pueden acceder a estudios de alta especialización en el extranjero).
El inmovilismo ha reproducido - en versión moderna - el viejo modelo francés de universidad. Aunque ya no se dedica a formar profesionales y técnicos para la estructura estatal, ni tampoco para satisfacer las demandas en servicios calificados de la población. La creciente super población en sus aulas y la falta de medidas que atiendan esos efectos, la saturación de las titulaciones más tradicionales, ha devenido en la simplista consigna de capacitar el mayor número de mano de obra barata con una lógica capitalista del "desarrollo hacia fuera", favoreciendo el mantenimiento de la situación de dependencia.
Una universidad desbordada por el lastre que significa mantener un Hospital de Clínicas cuya dimensión rebasa largamente las necesidades de enseñanza, investigación y de prácticas extensionistas para la Facultad de Medicina o demás servicios de la misma área. Hoy día constituye uno de los centros hospitalarios capitales sobre el que se soporta el sistema nacional de salud (correspondiendo con la lógica de alcanzar el grado de mayor incidencia social posible que imperó en ciertos sectores de los años 60). Alcanza con examinar los componentes sobre actividades internas para advertir que las funciones universitarias son minoritarias frente al tremendo peso e incidencia de la función asistencial pública, materia que no es ni representa en tales dimensiones, una función sustantiva de la Universidad de la República. El problema presupuestal del centro hospitalario es apenas una de las señales; mientras tanto, la Universidad lleva más de 10 años discutiendo eventuales proyectos de reforma. Incluso, algunos estudios fueron efectuados con apoyo y financiamiento de organismos internacionales a los que pública y oficialmente se los denuncia mientras por debajo se pacta con ellos y se les pide nuevos recursos.
Primando una concepción liberalista a ultranza y con el temor de algunos sectores gremiales a que la apertura de los debates conduzca a la pérdida de algunos de los privilegios resultantes, se ha consagrado la opción conservadora en la Universidad, de la cual y lamentablemente, la declinante dirigencia de la FEUU en los últimos períodos ha demostrado su adhesión incondicional. Esperar que la saturación de egresados en el mercado laboral habrá de cambiar las preferencias individuales en la elección de carreras universitarias, regulándose automáticamente, es censurable - al menos - en dos sentidos.
Constituye una visión al mejor estilo neo-liberal, de corte anti regulador, donde los más fuertes y en mejores condiciones obtienen los mejores provechos. Y por otro lado, el pueblo no es ajeno de percibir este grado de incongruencia, donde quienes obtienen estudios universitarios logran mejores ingresos frente al resto que no puede acceder a ella, provocando una redistribución regresiva en el sistema. Esto crea rechazo, separa a la Universidad del pueblo y constituye, para los sectores más lúcidos que aún a sabiendas apuestan por esta opción (antipopular), una traición a la mejor tradición universitaria en nuestro país.
Esas dirigencias que proclamando cambios hacen campear el inmovilismo inercial de la Universidad, no han adoptado su posición al azar. La ley orgánica no se modifica principalmente porque hay sectores dentro de la Universidad que tienen temor a perder su capacidad o poder de incidencia. Tal marco regulatorio que siguió el ideario de la Reforma de Córdoba fue criticado por Darcy Ribeiro sosteniendo que las soluciones ya no eran satisfactorias ni suficientes para asegurar una renovación indispensable (Seminario sobre Estructura Universitaria, 1967). Desde hace años asistimos a un tremendo esfuerzo interno por argumentar formas de funcionamiento, nuevos organismos, regulaciones "parches", con tal de adecuar el gobierno y la administración de la Universidad a una ley que a todas luces ha quedado superada por el devenir de los tiempos.
La conducta eminentemente burocrática de la dirigencia de la FEUU no ha logrado llegar a articular el problema de nuestro medio educativo universitario con su crítica al medio político y social en el que vivimos. Apenas alcanzan a imaginar nuevos escenarios cotidianos de mínimas propuestas utilitaristas y fundamentalmente egoístas (más preocupados por electores que por necesidades) para mantener el poder alcanzado, aspirando en definitiva a acceder a los privilegios que otorga el sistema que dicen criticar. Con neta vocación de autoperpetuación no hacen otra cosa que apostar por mantener todo como está, en la búsqueda de un equilibrio favorecedor a sus propios intereses particulares.
Es así, que también asistimos a un declive y pérdida simultánea del concepto de Universidad participativa.
La separación entre el discurso de los militantes estudiantiles de la FEUU y el sentir habitual del estudiante universitario en el Uruguay de hoy, es el de un verdadero abismo. Los temas de agenda y de interés de la elite dirigente estudiantil se ha separado totalmente de las preocupaciones básicas y más sentidas del estudiantado, de su problemática, de las dificultades que cotidianamente debe enfrentar y le resulta difícil encontrar referentes que atiendan sus demandas más simples. Las soluciones a los problemas inmediatos se dilatan en el tiempo, nunca resultan prioritarios frente a permanentes planes de movilización, declaraciones pomposas, tomas de posición sobre hechos acontecidos a miles de kilómetros de acá y otras actitudes "revolucionarias" por el estilo. En los últimos tiempos, algunos representantes ante el Consejo Directivo Central han provocado enfrentamientos serios, basados principalmente en mediocres y ridículos personalismos. Es natural entonces que el estudiante medio tienda a distanciarse y no asumir como propios los ámbitos de discusión y de debate universitario y gremial.
La temática del gobierno y la administración de la Universidad se ha hecho bastante compleja. Es un hecho cierto y concreto. Existió un tiempo en que la mayor parte de las cosas eran proclamas, banderas, principios y reivindicaciones. Hoy día se ha pasado a una etapa donde la mayoría de las veces resulta complicado entender los problemas planteados y las soluciones o alternativas que se indican. Ello no otorga mérito para justificar la baja participación estudiantil, como algunos sectores elitistas pretenden imponer, escondiendo su responsabilidad. Los estudiantes no son seres carentes de capacidad de razonar y aprender. En los hechos, lo demuestran todos los días con su sacrificado afán por avanzar en sus respectivos estudios. Y sobre todo, son seres humanos racionales, lo que significa que sin una justificación más o menos manifiesta o sin una determinada motivación, difícilmente se acerquen a participar o se sientan convocados a ser parte de un nuevo plan gremial o de un proyecto universitario.
Los hechos más simples dan testimonio de ello. Cualquier estudiante se interesa por la elección de un compañero que valora, mientras cuando no conoce a los candidatos que lo representarán, comienza a interesarle menos. Su interés decae más en el siguiente nivel; le atrae menos la elección de un director o de un decano en su propio ámbito. Y no le importa demasiado o es totalmente indiferente, si nos referimos a la elección del rector. Cuanto más grande es el espacio entre uno y los otros, más decrece el interés y la participación estudiantil. Los "iluminados" catalogan de pancismo (en otras épocas denominadas "preocupaciones pequeño burguesas"), actitudes tan naturales y comunes entre el estudiantado, con el mismo desprecio que en el último conflicto universitario demostraron ante la supresión del servicio de comedores para los compañeros del interior, los que justamente enfrentan mayores dificultades para acceder a la alimentación más básica.
Es comprensible por tanto, que las asambleas, claustros, consejos y las comisiones se hayan ido despoblando, testimonio patente del declive señalado, producto tanto de un paradigma participativo que respondiera a lógicas hoy perimidas y a plataformas ajenas al interés mayoritario estudiantil. Nuevamente aquí, el conservadurismo es el que sale ganando porque difícilmente estos ámbitos serán el lugar propicio para generar transformaciones.
También, la representatividad se ve afectada cuando se hace notoria la utilización de bienes que son públicos, en actividades gremiales particulares, o cuando las autoridades universitarias terminan financiando medidas de lucha sectoriales (funcionarios, docentes, etc.) que pueden ser legítimas, pero a costa de los recursos públicos.
Actualmente, todo estudiante siente la presión al mantenerse en la universidad estudiando, en la medida de que se nos hace necesario conseguir trabajo. Luego, cuando ello es posible y se consigue, apreciamos que la mayor parte del sistema y organización de los cursos no facilitan y aún perjudica, a las reducidas posibilidades de continuar estudiando. Aún en el supuesto de sortear ese dilema, deberemos enfrentar otros. En primer lugar, la posibilidad de acceso real a las aulas, que suelen estar completas de compañeros, los lugares son escasos y frecuentemente no se puede ingresar, las prácticas se llevan a cabo con un número de estudiantes que excede cualquier fundamento pedagógico y tanto las bibliotecas, los laboratorios, equipamientos informáticos y otros artículos que apoyan la enseñanza, son escasos, insuficientes y en muchas ocasiones, son elementos dignos de aparecer en algún museo de historia de las ciencias. En el campo de lo pedagógico tampoco las cosas parecen ser mejor. Los profesores más antiguos y con mayor experiencia aparecen cada vez menos por sus clases, atendiendo proyectos, investigaciones, consultorías y dirigiendo los Departamentos. Quienes los sustituyen, jóvenes docentes, son afectados por el multiempleo, quedando muy reducido su tiempo para atender las consultas estudiantiles (aún a costa de la mejor voluntad que por lo general demuestran) y la entrega tardía y fuera de plazo en los resultados de parciales y de exámenes se ha vuelto una práctica recurrente.
Estos hechos tan simples y cotidianos, a los que nos enfrentamos todos los días, contrastan con las actitudes oficialistas de la universidad demostrando hasta qué punto se ha visto influida por la preocupación "macro" de su gestión, al mejor estilo de un director de OPP o un Ministro de Economía, que rinde cuentas al Fondo Monetario Internacional. Sin embargo con esta conducta tampoco le va muy bien al oficialismo universitario. La eficiencia terminal, las cualidades de los estudiantes que abandonan, las tasas de registros de patentes o innovación generada en la Universidad, la consolidación de carreras en el interior del país, la generación de nuevas opciones de grado en los últimos años, etc., son indicadores que van desde lo magro, pasando por lo mediocre hasta alcanzar niveles de verdadero desastre.
Mientras todo esto sucede, la educación universitaria privada continua creciendo y se consolida. Nada se puede decir en contra de ello, al amparo de los derechos ciudadanos consagrados en la Constitución Nacional. Muy a pesar de los miembros más conservadores de la Universidad, el Consejo Directivo Central ha apoyado muchos proyectos institucionales y nuevas carreras, cuando objetivamente las iniciativas contaban con atributos suficientes para merecer su aprobación. Frente a este nuevo y progresivo hecho, hay que señalar dos situaciones negativas. En primer lugar, en la medida que la propia Universidad de la República continúe perdiendo su legitimación por sus propios errores y carencias, crece el peligro de instaurarse un sistema que clasifique a los estudiantes y egresados, en miembros de instituciones de alta o de escasa calidad. En segundo lugar, resultante de esto mismo, es la progresiva elitización de los profesionales. Aún con publicitados sistemas de becas y formas de financiamiento que las universidades privadas se encargan de hacer conocer, los mismos se soportan sobre la lógica de sus presupuestos internos y no desde una óptica social o sectorial. No hay que caer en la confusión común de suponer que estas herramientas de apoyo económico a los estudiantes tiene efectos de alcance social porque no es así. El escenario tiene un alcance muy limitado y responde a criterios internos institucionales, que no tienen porqué coincidir con políticas sectoriales que pretendan otorgar más oportunidades a los menos favorecidos, con un sentido general.
Como corolario de este afán conservador, alcanza revisar los últimos intentos por introducir cambios en la Universidad. Ya hicimos referencia a que el principal foco de oposición al plan del Rector Maggiolo fue la propia Federación de Estudiantes Universitarios del Uruguay (FEUU). En su momento constituyó un verdadero plan transformador para la Universidad (preparatorio del proyecto presupuestal del quinquenio 1968 a 1972, incluía un proyecto central y varios anexos donde se abordaban propuestas diversas, como la creación de la Facultad de Educación, el Departamento de Extensión Universitaria, del desarrollo del Departamento de Publicaciones de la Universidad y el plan de construcciones universitarias). La Federación de Estudiantes también ha logrado coyunturales alianzas con otros sectores para oponerse al Proyecto de los 4 Decanos. Los otros dos ejemplos los tenemos en los proyectos de transformación del área agro - veterinaria (finales de la década de los 80) y del Hospital de Clínicas (en los años 90), estudios analíticos de enjundia, solicitados por la propia Universidad y que costaron miles de dólares al país provenientes del BID (de los que nada resultó).
Una dirección de la FEUU que ha demostrado una inequívoca tendencia a cerrarse en sí misma, enajenada con organizaciones internacionales de dudosa autonomía y muy poco proclive a acercarse a las Federaciones de Estudiantes Universitarios de otros países de latinoamérica.
Pero es necesario ser precisos. No puede confundirse al estudiantado, a su legítima forma de organización plasmada en la Federación de Estudiantes y a la cúpula conservadora que la ha dirigido durante los últimos decenios. Esta ha devenido desde un rol de "quiebre", propugnando la ruptura y la revolución hacia el aburguesamiento fruto del provecho obtenido en la participación dentro del aparato burocrático de la Universidad. En ambos casos han primado los personalismos y el elitismo conservador.
Pese a haber nacido y desarrollado en el seno de la Federación de Estudiantes la CGU no integra actualmente la FEUU. El retiro operado hace más de una década obedece al predominio de un clima de intolerancia y agresividad creado intencionalmente ya que la CGU denunciaba cada vez con mayor intensidad, la partidización política interna de sus integrantes. La tónica predominante era que antes de defender a los intereses estudiantiles se iba a representar posiciones de sectores partidarios, siempre y en todo caso, posiciones adoptadas en un club político, no en asambleas o centros de estudiantes. En tal situación, permanecer en dicha estructura era legitimarla, continuar en dicha dinámica derivaría en el enfrentamiento pero además improductivo, en la medida que a la FEUU le preocupaba poco los problemas educativos y estudiantiles.
En conclusión. No podemos caer en la tentación de imputar todos nuestros padecimientos a una situación de país dependiente y subdesarrollado. Mucho de lo que padecemos es atribuible al conformismo de unos y el conservadurismo egoísta de otros, falsamente progresista. Algunos fieles aprendices de Alfredo Zitarroza ("... el que no cambia todo, no cambia nada..."), finalmente actúan para asegurar que todo quede como está.
CAPITULO 6 - CGU y UNIVERSIDAD.
¿Qué responsabilidad le corresponde a la Universidad en un proceso colectivo de ruptura con la dependencia y la búsqueda social de un camino propio?.
Continúa vigente nuestro postulado fundacional: "Fundamental: uno de los soportes de la concreción del destino nacional es la elaboración de la propia cultura en lo más amplio de la acepción; los lineamientos teóricos que posibiliten la concreción del "ser" nacional, el conocimiento tecnológico que logre el desarrollo de las fuerzas productivas, la educación de los hombres que encaucen el proceso".
Por tanto, corresponde interrogarse. ¿Cuál es el papel del estudiante universitario que participa y forma parte de la CGU?.
En primer lugar es necesario trazar algunos límites conceptuales porque en muchas ocasiones, intereses subyacentes pretenden confundir escenarios diversos. Entendemos |